EL CAMINO: "YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA, NADIE VA AL PADRE SINO POR MÍ". (JUAN 14:6)

"BUSCAD PRIMERAMENTE EL REINO DE DIOS Y SU JUSTICIA, Y TODO LO DEMÁS SE OS DARÁ POR AÑADIDURA". (MATEO 6:33)

"Y EN NINGÚN OTRO HAY SALVACIÓN, PORQUE NO HAY OTRO NOMBRE BAJO EL CIELO DADO A LOS HOMBRES, EN EL CUAL PODAMOS SER SALVOS". (HECHOS 4:12)

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lunes, 15 de diciembre de 2025

Novena de Navidad


“Todo lo que quieras pedir, 
pídelo por los méritos de mi infancia 
y nada te será negado”.
(Jesús a la Venerable Margarita del Santísimo Sacramento)


Novena al Niño Dios
Del 16 al 24 de diciembre


✞ Por la señal de la Santa Cruz,
✞ de nuestros enemigos,
✞ líbranos Señor Dios Nuestro.
✞ En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

ORACIONES PARA TODOS LOS DÍAS

1ª AL PADRE

Dios Padre de infinita caridad, que tanto amaste a los hombres, que les entregaste a vuestro Hijo amado, para que hecho hombre en las entrañas de la Virgen, naciese en un pesebre para nuestra salud y remedio, os damos gracias por tan soberano beneficio. Agradecido, os ofrezco todas las virtudes de vuestro Hijo, suplicándoos por los divinos méritos de su nacimiento, por su pobreza, humildad y por las lágrimas que derramó en el pesebre, que dispongas nuestros corazones como tu humilde morada para siempre. Que allí te recibamos limpios de pecados, con humildad profunda, con amor encendido y con despego de todo lo terreno. Amén.

—Se reza tres veces el Gloria.

2ª A LA SANTÍSIMA VIRGEN

Soberana María que, por vuestras grandes virtudes, y especialmente por vuestra humildad, Dios quiso escogerte para ser Su madre; os suplico que vos misma preparéis y dispongáis mi alma y la de todos, para el nacimiento espiritual de vuestro adorado Hijo.

¡Oh dulcísima Madre! Comunicadme algo del profundo recogimiento y tierno amor con que le recibisteis vos, para que nos hagáis menos indignos de verle, amarle y adorarle por toda la eternidad. Amén.

—Rezar el Avemaría. 

3ª A SAN JOSÉ

¡Oh Santísimo José!, esposo de la Virgen María y padre putativo de Jesús. Gracias a Dios que te escogió y a ti por responder con tanta virtud. Dios te dotó con todos los dones proporcionados a tan excelente grandeza; os ruego por el amor que tuviste al Divino Niño, me ayudes a tener el mismo fervor para recibirle en la Eucaristía. Amén.

—Rezar un Padre Nuestro, Avemaría, Gloria.

4ª ORACIÓN AL NIÑO JESÚS

Acordaos, ¡oh dulcísimo Niño Jesús!, que dijiste a la Venerable Margarita del Santísimo Sacramento: “Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y nada te será negado”. Llenos de confianza en Vos, ¡Oh Jesús, que sois la misma verdad, venimos reconociendo que somos pecadores! Ayúdanos a llevar una vida santa, para conseguir una eternidad bienaventurada. Nos entregamos a Vos, ¡oh Niño omnipotente! Seguros de que no quedará frustrada nuestra esperanza y de que, en virtud de vuestra divina promesa, acogeréis nuestra súplica. Amén.

5ª CONSIDERACIÓN PARA CADA DIA (ver abajo)

6ª GOZOS

Dulce Jesús mío, mi Niño adorado. ¡Ven a nuestras almas! ¡Ven, no tardes tanto!

—¡Oh sapiencia suma del Dios soberano, que a nivel de un niño te hayas rebajado! ¡Oh Divino infante, ven para enseñarnos la prudencia que hace verdaderos sabios!

Dulce Jesús mío, mi niño adorado. ¡Ven a nuestras almas! ¡Ven, no tardes tanto!

—¡Niño del pesebre, nuestro Dios y Hermano!, Tú sabes y entiendes del dolor humano; que cuando suframos dolores y angustias, siempre recordemos que nos has salvado.

Dulce Jesús mío, mi niño adorado. ¡Ven a nuestras almas! ¡Ven, no tardes tanto!

—¡Oh lumbre de oriente, sol de eternos rayos, que entre las tinieblas tu esplendor veamos! ¡Niño tan precioso, dicha del cristiano, luzca la sonrisa de tus dulces labios!

Dulce Jesús mío, mi niño adorado. ¡Ven a nuestras almas! ¡Ven, no tardes tanto!

—¡Rey de las naciones, Emmanuel preclaro, de Israel anhelo, Pastor del rebaño! ¡Niño que apacientas con suave cayado, ya la oveja arisca ya el cordero manso!

Dulce Jesús, mío mi niño adorado. ¡Ven a nuestras almas! ¡Ven, no tardes tanto!

—¡Ábrase los cielos y llueva de lo alto bienhechor rocío, como riego santo! ¡Ven hermoso niño! ¡Ven Dios humanado! ¡Luce hermosa estrella, brota flor del campo!

Dulce Jesús mío, mi niño adorado. ¡Ven a nuestras almas! ¡Ven, no tardes tanto!

—¡Tú te hiciste Niño en una familia llena de ternura y calor humano! ¡Vivan los hogares aquí congregados, el gran compromiso del amor cristiano!

Dulce Jesús mío, mi niño adorado. ¡Ven a nuestras almas! ¡Ven, no tardes tanto!

—¡Del débil auxilio, del doliente amparo, consuelo del triste, luz de desterrado! ¡Vida de mi vida, mi sueño adorado, mi constante amigo, mi divino hermano!

Dulce Jesús mío, mi niño adorado. ¡Ven a nuestras almas! ¡Ven, no tardes tanto!

—¡Ve ante mis ojos de ti enamorados! ¡Bese ya tus plantas! ¡Bese ya tus manos! ¡Prosternado en tierra te tiendo los brazos! ¡Y aún más que mis frases, te dice mi llanto!

¡Ven Salvador nuestro por quien suspiramos! ¡Ven a nuestras almas! ¡Ven, no tardes tanto!



CONSIDERACIÓN PARA CADA DIA

16 de diciembre 

La vida del Verbo Eterno en el seno de su padre era una vida maravillosa; y, sin embargo, ¡misterio sublime! Busca otra morada. Una mansión creada. No era porque en su mansión eterna faltase algo a su infinita felicidad, sino porque su misericordia infinita anhelaba la redención y la salvación del género humano, que sin Él no podría realizarse. El pecado de Adán había ofendido a Dios, y esa ofensa no podía ser perdonada sino por los méritos del mismo Dios. La raza de Adán había desobedecido y merecido un castigo eterno; era, pues, necesario para salvarla y satisfacer su culpa que Dios se encarnara y obediente a los designios de su Padre, expiase aquella desobediencia, ingratitud y rebeldía. Por eso el Verbo Eterno, ardiendo en deseos de salvar al hombre, resolvió hacerse hombre y así redimir al culpable.



17 de diciembre 

El verbo eterno se halla a punto de tomar su naturaleza creada en la santa casa de Nazaret. María estaba sola y embebida en oración. Pasaba las silenciosas horas de la noche en la unión más estrecha con Dios. El arcángel Gabriel la visita con el mensaje divino, pide su consentimiento. El creador no quiso efectuar este gran misterio sin la aquiescencia de su criatura. Ella da su FIAT. Entonces, el Verbo Eterno se encarnó en ella convirtiéndola en su madre.



18 de diciembre 

Jesús fue un bebé en el vientre de su madre. Consideremos su pequeñez, su total dependencia, como niño, en su madre. Adorémosle porque ese bebé es Dios. Consideremos que el niño es el Señor de toda la creación a quién obedecen los ángeles. Es más poderoso que todos los ejércitos que jamás existieron o existirán. Viene, sin embargo, humilde y débil para enseñarnos a amar.



19 de diciembre 

Desde el seno de su Madre comenzó el Niño Jesús a poner en práctica su eterna sumisión a Dios, que continuó sin la menor interrupción durante toda su vida. Adoraba a su Eterno Padre, le amaba, se sometía a su voluntad, aceptaba su humanidad con todas sus limitaciones para enseñarnos a nosotros a vivir como hombres y expiar nuestro orgullo, origen de todos nuestros pecados. ¿Quiénes de nosotros quisiera retroceder a un estado semejante en el pleno goce de la razón y la reflexión?



20 de diciembre 

Ya hemos visto la vida que llevaba el Niño Jesús en el seno de su purísima Madre; veamos hoy la vida que llevaba también María durante el mismo tiempo. María, llena de esperanza, deseaba contemplar la faz de Dios encarnado. Estaba a punto de ver aquella faz humana que debía iluminar el cielo durante toda la eternidad. Iba a verle en la ignorancia aparente de la infancia, en los encantos particulares de la juventud y en su revelación pública de la edad madura.



21 de diciembre 

Jesús había sido concebido en Nazaret, domicilio de Jesús y María, y allí era de creer que iba a nacer, según todas las posibilidades. Más Dios lo tenía dispuesto de otra manera y los profetas habían anunciado que el Mesías nacería en Belén de Judá, ciudad de David. Para que se cumpliese esta predicción, Dios se sirvió de un medio que no parecía tener ninguna relación con este objeto a saber: la orden dada por el emperador Augusto de que todos los súbditos del imperio romano se empadronasen en el lugar de donde eran originarios. María y José, como eran descendientes de David, estaban obligados a ir a Belén.



22 de diciembre 

Meditemos en el viaje de Sta. María y San José hacia Belén; llevando consigo, aun no nacido, al creador del universo, hecho hombre. Contemplemos la humildad y obediencia de ese divino Niño que, aunque de raza judía y habiendo amado a su pueblo con una predilección inexplicable, obedece así a un príncipe extranjero que forma el censo de la población de su provincia. Vive esa circunstancia y sus padres también la han de sufrir. Ellos no entendían todo, pero aceptaron por fe. Nosotros también vivimos en un mundo donde los fuertes se imponen, pero si confiamos en Dios veremos maravillas.



23 de diciembre 

Llegan a Belén José y María, buscando hospedaje, pero no lo encuentran. Todo está lleno por causa del censo. Ellos eran pobres y no podían pagar por privilegios. Pero nada puede turbar la paz interior de los que están fijos en Dios. Si José experimenta tristeza cuando era rechazado de casa en casa, porque pensaba en María y en el Niño, sonreía también con santa tranquilidad cuando fijaba la mirada en su casta esposa que le animaba. El Niño aun no nacido aceptaba aquellas negativas que eran el preludio de las humillaciones venideras. Esas humillaciones no lo alejan. El vino a buscar a los pecadores.



24 de diciembre 


Ha llegado la media noche, y de repente vemos en el pesebre, poco antes vació, al Divino Niño esperando, vaticinado durante cuatro mil años con tan inefables anhelos. Allí su Santísima Madre en los transportes de una adoración de la cual nada puede dar idea. José, también se acerca y le rinde homenaje, ejerciendo su misterioso e imponderable oficio de padre putativo del redentor de los hombres. La multitud de Ángeles que desciende del cielo a contemplar esa maravilla sin par hace vibrar en los aires las armonías de ese Gloria in Excelsis, que es el eco de la adoración en torno del trono del Altísimo hecho perceptible a los oídos de los pobres en la tierra. Convocados por ellos, vienen en tropel los pastores de la comarca a adorar al recién nacido y presentarle sus humildes ofrendas.

¡Oh adorable Niño! Nosotros también, los que hemos hecho esta novena para prepararnos al día de vuestra Navidad, queremos ofreceros nuestra pobre adoración; ¡no la rechacéis! Venid a nuestras almas; venid a nuestros corazones llenos de amor. Encended en ellos la devoción que realmente practicada y celosamente propagada, nos conduzca a la vida eterna, librándonos del pecado y sembrando en nosotros todas las virtudes cristianas.



lunes, 6 de enero de 2020

La adoración de los Reyes Magos



La adoración de los Reyes Magos, según las visiones reveladas a la Beata Ana Catalina Emmerich (Coesfeld, 8 de septiembre de 1774 - Dülmen, 9 de febrero de 1824), en proceso de canonización.


VIAJE DE LOS REYES DE JERUSALÉN A BELÉN


Veo la caravana de los Reyes junto a una puerta situada al Mediodía. Un grupo de hombres los acompañaba hasta un arroyo delante de la ciudad, y luego volvieron. No bien habían pasado el arroyo, se detuvieron buscando con los ojos la estrella en el firmamento. Habiéndola visto prorrumpieron en exclamaciones de alegría y continuaron su marcha cantando sus melodías. La estrella no los llevaba en línea recta sino que se desviaba algo hacia el Oeste. Pasaron frente a una pequeña ciudad, que conozco muy bien; se detuvieron detrás de ella, y oraron mirando hacia el Mediodía, en un paraje ameno cerca de un caserío. En este lugar, delante de ellos, surgió un manantial de agua, que los llenó de contento. Bajando de sus cabalgaduras cavaron para esta fuente un pilón, rodeándolo de piedras, arena y césped. Durante varias horas se detuvieron allí dando de beber y alimentando a sus bestias. También tomaron su alimento, ya que en Jerusalén no habían podido descansar ni comer debido a las preocupaciones de la llegada. He visto más tarde que Jesucristo se detuvo varias veces junto a esta fuente en compañía de sus discípulos.

La estrella, que brillaba en la noche como un globo de fuego, se parecía ahora más bien a la luna cuando se la ve de día; no era perfectamente redonda, sino que parecía recortada y a menudo estaba oculta entre las nubes. En el camino de Belén a Jerusalén había mucho movimiento de caminantes con equipajes y animales de carga. Eran personas que volvían quizás de Belén después de pagar los impuestos, o que iban a Jerusalén al mercado o para visitar el Templo. Esto sucedía en el camino principal; pero el sendero de los Reyes estaba solitario, y Dios los guiaba por allí sin duda para que pudieran llegar de noche a Belén y no llamar demasiado la atención.



Se pusieron en camino cuando el sol estaba muy bajo; marchaban en el orden con que habían venido. Mensor, el más joven, iba delante; luego Sair, el cetrino, y por último, Teokeno, el blanco, por ser de más edad. Hoy, a la hora del crepúsculo, he visto a la caravana de los Reyes llegando a Belén, cerca de aquel edificio donde José y María se habían hecho inscribir y que había sido la casa solariega de la familia de David. Quedan sólo algunos restos de los muros del edificio que había pertenecido a los padres de José. Era una casa grande rodeada de otras menores, con un patio cerrado, delante del cual había una plaza con árboles y una fuente. Vi soldados romanos en esta plaza, porque la casa se había convertido en una oficina de impuestos.



Al llegar la caravana cierto número de curiosos se agolpó en torno de los viajeros. La estrella había desaparecido de nuevo y esto inquietaba a los Reyes. Se acercaron algunos hombres dirigiéndoles preguntas. Ellos bajaron de sus cabalgaduras y desde la casa he visto que acudían empleados a su encuentro, llevando palmas en las manos y ofreciéndoles refrescos: era la costumbre de recibir a los extranjeros distinguidos. Yo pensaba para mí: "Son mucho más amables de lo que lo fueron con el pobre José; sólo porque éstos distribuían monedas de oro". Les dijeron que el valle de los pastores era apropiado para levantar las carpas, y ellos quedaron algún tiempo indecisos. No les he oído preguntar nada del Rey y Niño recién Nacido. Aún sabiendo que Belén era el lugar designado por las profecías, ellos, recordando lo que Herodes les había encargado, temían llamar la atención con sus preguntas.


Poco después vieron brillar en el cielo un meteoro, sobre Belén: era semejante a la luna cuando aparece. Montaron en sus cabalgaduras, y costeando un foso y unos muros en ruina dieron la vuelta a Belén por el Mediodía y se dirigieron al Oriente, en dirección a la gruta del Pesebre, que abordaron por el costado de la llanura, donde los ángeles se habían aparecido a los pastores.


LA ADORACIÓN DE LOS REYES MAGOS


Se apearon al llegar cerca de la gruta de la tumba de Maraña, en el valle, detrás de la gruta del Pesebre. Los criados desliaron muchos paquetes, levantaron una gran carpa e hicieron otros arreglos con la ayuda de algunos pastores que les señalaron los lugares más apropiados. Se encontraba ya en parte arreglado el campamento cuando los Reyes vieron la estrella aparecer brillante y muy clara sobre la colina del Pesebre, dirigiendo hacia la gruta sus rayos en línea recta. La estrella estaba muy crecida y derramaba mucha luz; por eso la miraban con grande asombro. No se veía casa alguna por la densa oscuridad, y la colina aparecía en forma de una muralla. De pronto vieron dentro de la luz la forma de un Niño resplandeciente y sintieron extraordinaria alegría. Todos procuraron manifestar su respeto y veneración.

Los tres Reyes se dirigieron a la colina, hasta la puerta de la gruta. Mensor la abrió, y vio su interior lleno de luz celestial, y a la Virgen, en el fondo, sentada, teniendo al Niño tal como él y sus compañeros la habían contemplado en sus visiones. Volvió para contar a sus compañeros lo que había visto. En esto José salió de la gruta acompañado de un pastor anciano y fue a su encuentro. Los tres Reyes le dijeron con simplicidad que habían venido para adorar al Rey de los Judíos recién Nacido, cuya estrella habían observado, y querían ofrecerle sus presentes. José los recibió con mucho afecto. El pastor anciano los acompañó hasta donde estaban los demás y les ayudó en los preparativos, juntamente con otros pastores allí presentes.

Los Reyes se dispusieron para una ceremonia solemne. Les vi revestirse de mantos muy amplios y blancos, con una cola que tocaba el suelo. Brillaban con reflejos, como si fueran de seda natural; eran muy hermosos y flotaban en torno de sus personas. Eran las vestiduras para las ceremonias religiosas. En la cintura llevaban bolsas y cajas de oro colgadas de cadenillas, y cubríanlo todo con sus grandes mantos. Cada uno de los Reyes iba seguido por cuatro personas de su familia, además, de algunos criados de Mensor que llevaban una pequeña mesa, una carpeta con flecos y otros objetos.

Los Reyes siguieron a José, y al llegar bajo el alero, delante de la gruta, cubrieron la mesa con la carpeta y cada uno de ellos ponía sobre ella las cajitas de oro y los recipientes que desprendían de su cintura. Así ofrecieron los presentes comunes a los tres. Mensor y los demás se quitaron las sandalias y José abrió la puerta de la gruta. Dos jóvenes del séquito de Mensor, que le precedían, tendieron una alfombra sobre el piso de la gruta, retirándose después hacia atrás, siguiéndoles otros dos con la mesita donde estaban colocados los presentes. Cuando estuvo delante de la Santísima Virgen, el rey Mensor depositó estos presentes a sus pies, con todo respeto, poniendo una rodilla en tierra. Detrás de Mensor estaban los cuatro de su familia, que se inclinaban con toda humildad y respeto.

Mientras tanto Sair y Teokeno aguardaban atrás, cerca de la entrada de la gruta. Se adelantaron a su vez llenos de alegría y de emoción, envueltos en la gran luz que llenaba la gruta, a pesar de no haber allí otra luz que el que es Luz del mundo. María se hallaba como recostada sobre la alfombra, apoyada sobre un brazo, a la izquierda del Niño Jesús, el cual estaba acostado dentro de la gamella, cubierta con un lienzo y colocada sobre una tarima en el sitio donde había nacido.

Cuando entraron los Reyes la Virgen se puso el velo, tomó al Niño en sus brazos, cubriéndolo con un velo amplio. El rey Mensor se arrodilló y ofreciendo los dones pronunció tiernas palabras, cruzó las manos sobre el pecho, y con la cabeza descubierta e inclinada, rindió homenaje al Niño. Entre tanto María había descubierto un poco la parte superior del Niño, quien miraba con semblante amable desde el centro del velo que lo envolvía. María sostenía su cabecita con un brazo y lo rodeaba con el otro. El Niño tenía sus manecitas juntas sobre el pecho y las tendía graciosamente a su alrededor. ¡Oh, qué felices se sentían aquellos hombres venidos del Oriente para adorar al Niño Rey!

Viendo esto decía entre mí: "Sus corazones son puros y sin mancha; están llenos de ternura y de inocencia como los corazones de los niños inocentes y piadosos. No se ve en ellos nada de violento, a pesar de estar llenos del fuego del amor". Yo pensaba: "Estoy muerta; no soy más que un espíritu: de otro modo no podría ver estas cosas que ya no existen, y que, sin embargo, existen en este momento. Pero esto no existe en el tiempo, porque en Dios no hay tiempo: en Dios todo es presente. Yo debo estar muerta; no debo ser más que un espíritu". Mientras pensaba estas cosas, oí una voz que me dijo: "¿Qué puede importarte todo esto que piensas?... Contempla y alaba a Dios, que es Eterno, y en Quien todo es eterno".

Vi que el rey Mensor sacaba de una bolsa, colgada de la cintura, un puñado de barritas compactas del tamaño de un dedo, pesadas, afiladas en la extremidad, que brillaban como oro. Era su obsequio. Lo colocó humildemente sobre las rodillas de María, al lado del Niño Jesús. María tomó el regalo con un agradecimiento lleno de sencillez y de gracia, y lo cubrió con el extremo de su manto. Mensor ofrecía las pequeñas barras de oro virgen, porque era sincero y caritativo, buscando la verdad con ardor constante e inquebrantable.

Después se retiró, retrocediendo, con sus cuatro acompañantes; mientras Sair, el rey cetrino, se adelantaba con los suyos y se arrodillaba con profunda humildad, ofreciendo su presente con expresiones muy conmovedoras. Era un recipiente de incienso, lleno de pequeños granos resinosos, de color verde, que puso sobre la mesa, delante del Niño Jesús. Sair ofreció incienso porque era un hombre que se conformaba respetuosamente con la Voluntad de Dios, de todo corazón y seguía esta voluntad con amor. Se quedó largo rato arrodillado, con gran fervor.

Se retiró y se adelantó Teokeno, el mayor de los tres, ya de mucha edad. Sus miembros algo endurecidos no le permitían arrodillarse: permaneció de pie, profundamente inclinado, y puso sobre la mesa un vaso de oro que tenía una hermosa planta verde. Era un arbusto precioso, de tallo recto, con pequeñas ramitas crespas coronadas de hermosas flores blancas: la planta de la mirra. Ofreció la mirra por ser el símbolo de la mortificación y de la victoria sobre las pasiones, pues este excelente hombre había sostenido lucha constante contra la idolatría, la poligamia y las costumbres estragadas de sus compatriotas. Lleno de emoción estuvo largo tiempo con sus cuatro acompañantes ante el Niño Jesús.

Yo tenía lástima por los demás que estaban fuera de la gruta esperando turno para ver al Niño. Las frases que decían los Reyes y sus acompañantes estaban llenas de simplicidad y fervor. En el momento de hincarse y ofrecer sus dones decían más o menos lo siguiente: "Hemos visto su estrella; sabemos que Él es el Rey de los Reyes; venimos a adorarle, a ofrecerle nuestros homenajes y nuestros regalos". Estaban como fuera de sí, y en sus simples e inocentes plegarias encomendaban al Niño Jesús sus propias personas, sus familias, el país, los bienes y todo lo que tenía para ellos algún valor sobre la tierra. Le ofrecían sus corazones, sus almas, sus pensamientos y todas sus acciones. Pedían inteligencia clara, virtud, felicidad, paz y amor. Se mostraban llenos de amor y derramaban lágrimas de alegría, que caían sobre sus mejillas y sus barbas. Se sentían plenamente felices. Habían llegado hasta aquella estrella, hacia la cual desde miles de años sus antepasados habían dirigido sus miradas y sus ansias, con un deseo tan constante. Había en ellos toda la alegría de la Promesa realizada después de tan largos siglos de espera.

María aceptó los presentes con actitud de humilde acción de gracias. Al principio no decía nada: sólo expresaba su reconocimiento con un simple movimiento de cabeza, bajo el velo. El cuerpecito del Niño brillaba bajo los pliegues del manto de María. Después la Virgen dijo palabras humildes y llenas de gracia a cada uno de los Reyes, y echó su velo un tanto hacia atrás. 

Aquí recibí una lección muy útil. Yo pensaba: "¡Con qué dulce y amable gratitud recibe María cada regalo! Ella, que no tiene necesidad de nada, que tiene a Jesús, recibe los dones con humildad. Yo también recibiré con gratitud todos los regalos que me hagan en lo futuro". ¡Cuánta bondad hay en María y en José! No guardaban casi nada para ellos, todo lo distribuían entre los pobres.



LA ADORACIÓN DE LOS SERVIDORES DE LOS REYES


Terminada la adoración del Niño, los Reyes se volvieron a sus carpas con  sus acompañantes. Los criados y servidores se dispusieron a entrar en la gruta. Habían descargado los animales, levantado las tiendas, ordenado todo; esperaban ahora pacientemente delante de la puerta con mucha humildad. Eran más de treinta; había algunos niños que llevaban apenas unos paños en la cintura y un manto. Los servidores entraban de cinco en cinco en compañía de un personaje principal, al cual servían; se arrodillaban delante del Niño y lo adoraban en silencio. Al final entraron todos los niños, que adoraron al Niño Jesús con su alegría inocente.

Los criados no permanecieron mucho tiempo en la gruta, porque los Reyes volvieron a hacer otra entrada más solemne. Se habían revestido con mantos largos y flotantes, llevando en las manos incensarios. Con gran respeto incensaron al Niño, a la Madre, a José y a toda la gruta del Pesebre. Después de haberse inclinado profundamente, se retiraron. Esta era la forma de adoración que tenía la gente de ese país.

Durante todo este tiempo María y José se hallaban llenos de dulce alegría. Nunca los había visto así: derramaban a menudo lágrimas de contento, pues los consolaba inmensamente al ver los honores que rendían los Reyes al Niño Jesús, a quien ellos tenían tan pobremente alojado, y cuya suprema dignidad conocían en sus corazones. Se alegraban de que la Divina Providencia, no obstante la ceguera de los hombres, había dispuesto y preparado para el Niño de la Promesa lo que ellos no podían darle, enviando desde lejanas tierras a los que le rendían la adoración debida a su dignidad, cumplida por los poderosos de la tierra con tan santa munificencia. Adoraban al Niño Jesús juntamente con los santos Reyes y se alegraban de los homenajes ofrecidos al Niño Dios.

Las tiendas de los visitantes estaban levantadas en el valle, situado detrás de la gruta del Pesebre hasta la gruta de Maraha. Los animales estaban atados a estacas enfiladas, separados por medio de cuerdas. Cerca de la carpa más grande, al lado de la colina del Pesebre, había un espacio cubierto con esteras. Allí habían dejado algo de los equipajes, porque la mayor parte fue guardada en la gruta de la tumba de Maraña. Las estrellas lucían cuando terminaron todos de pasar a la gruta de la adoración. Los Reyes se reunieron en círculo junto al terebinto que se alzaba sobre la tumba de Maraña, y allí, en presencia de las estrellas, entonaron algunos de sus cantos solemnes. ¡Es imposible decir la impresión que causaban estos cantos tan hermosos en el silencio del valle, aquella noche! Durante tantos siglos los antepasados de estos Reyes habían mirado las estrellas, rezado, cantado, y ahora las ansias de tantos corazones había tenido su cumplimiento. Cantaban llenos de exaltación y de santa alegría.

Mientras tanto José, con la ayuda de dos ancianos pastores, había preparado una frugal comida en la tienda de los Reyes. Trajeron pan, fruta, panales de miel, algunas hierbas y vasos de bálsamo; pusieron todo sobre una mesita baja cubierta con un mantel. José habíase procurado todas estas cosas desde la mañana, para recibir a los Reyes, cuya venida ya esperaba, porque la había anunciado de antemano la Virgen Santísima. Cuando los Reyes volvieron a su carpa, vi que José los recibía muy cordialmente y les rogaba que, siendo ellos los huéspedes, se dignaran aceptar la sencilla comida que les ofrecía. Se colocó junto a ellos y dieron principio a la comida.

José no mostraba timidez alguna; pero estaba tan contento que derramaba lágrimas de pura alegría. Cuando vi esto pensé en mi difunto padre, que era un pobre campesino, el cual con ocasión de mi toma de hábito se vio en la ocasión de sentarse a la mesa con muchas personas distinguidas. En su sencillez y humildad había sentido al principio mucho temor; luego se puso tan contento que lloró de alegría: sin pretenderlo, ocupó el primer lugar en la fiesta.

Después de aquella pequeña comida José se retiró. Algunas personas más importantes se fueron a una posada de Belén, y los demás se echaron sobre sus lechos tendidos formando círculo bajo la tienda grande, y allí descansaron de sus fatigas. José, vuelto a la gruta, puso todos los regalos a la derecha del Pesebre, en un rincón, donde había levantado un tabique que ocultaba lo que había detrás.

La criada de Ana que habíase quedado después de la partida de su ama, se mantuvo oculta en la gruta lateral durante todo el tiempo de la ceremonia, y no volvió a aparecer hasta que no se hubieron marchado todos. Era una mujer inteligente, de espíritu muy reposado. No he visto ni a la Santa Familia ni a esta mujer mirar con satisfacción mundana los regalos de los Reyes: todo fue aceptado con reconocimiento humilde y, casi enseguida, repartido caritativamente entre los necesitados.

Esta noche hubo bastante agitación con motivo de la llegada de la caravana a la casa donde se pagaba el impuesto. Hubo más tarde muchas idas y venidas a la ciudad, porque los pastores, que habían seguido el cortejo, regresaban a sus lugares. También he visto que mientras los Reyes, llenos de júbilo, adoraban al Niño y ofrecían sus presentes en la gruta del Pesebre, algunos judíos rondaban por los alrededores, espiando desde cierta distancia, murmurando y conferenciando en voz baja. Más tarde volví a verlos yendo y viniendo en Belén y dando informes. He llorado por estos desgraciados. Sufro viendo la maldad de estas personas que entonces como también ahora se ponen a observar y a murmurar, cuando Dios se acerca a los hombres, y luego propalan mentiras, fruto de malicia y perversidad. ¡Oh, cómo me parecían aquellos hombres dignos de compasión! Tenían la salvación entre ellos y la rechazaban, en tanto que estos Reyes, guiados por su fe sincera en la Promesa, habían venido desde tan lejos para buscar la Salvación.

En Jerusalén he visto hoy a Herodes en compañía de algunos escribas, leyendo rollos y hablando de lo que habían contado los Reyes. Después, todo entró de nuevo en calma como si hubiese interés en hacer silencio en torno de este asunto.




NUEVA VISITA DE LOS REYES MAGOS


Hoy de mañana, he visto a los Reyes Magos y a otras personas de su séquito que visitaban sucesivamente a la Sagrada Familia. Los vi también durante el día junto a sus campamentos y bestias de carga, ocupados en diversas distribuciones. Como estaban llenos de alegría y se sentían felices, repartían muchos regalos. He entendido que era costumbre entonces hacerlos en ocasión de acontecimientos felices. Los pastores que habían ayudado a los Reyes recibieron valiosos regalos, como también muchos pobres. Vi que ponían chales y paños sobre los hombros de algunas viejecitas que habían llegado hasta el lugar. Algunas personas del séquito de los Reyes deseaban quedarse en el valle de los pastores para vivir con ellos. Hicieron conocer su deseo a los Reyes, los cuales no sólo les dieron permiso sino que los colmaron de regalos, proveyéndoles de colchas, vestidos, oro en grano y dejándoles los asnos en que habían venido montados.



Cuando vi que los Reyes distribuían tantos trozos de pan, yo me preguntaba de dónde podían haberlo sacado, y recordé que los había visto, en los lugares donde hacían campamento, preparar, con la provisión de harina que traían, panecillos chatos como galletas, en moldes y amontonarlos dentro de cajas de cuero muy livianas, que cargaban sobre sus bestias. Han llegado muchas personas de Belén que, bajo diversos pretextos, rodeaban a los Reyes para obtener obsequios.



Por la noche volvieron los Reyes para despedirse. Apareció primero Mensor. María le puso al Niño en los brazos, que el rey recibió llorando de alegría. Luego acercáronse los otros dos Reyes, derramando lágrimas. Trajeron muchos regalos a la Sagrada Familia: piezas de telas diversas, entre las cuales algunas parecían de seda sin teñir y otras de color rojo o con diversas flores. Dejaron muy hermosas colchas. Dejaron sus grandes y amplios mantos de color amarillo pálido, tan livianos que al menor viento eran agitados: parecían hechos de lana extremadamente fina. Traían varias copas, unas dentro de otras; cajas llenas de granos y en un canasto, tiestos donde había hermosos ramos de una planta verde, con hermosas flores blancas: eran plantas de mirra. Los tiestos estaban colocados unos encima de otros dentro del canasto. Dejaron a José unos jaulones llenos de pájaros, que habían traído en cantidad sobre sus dromedarios, para su alimento durante el viaje.



Al momento de despedirse de María y del Niño, derramaron abundantes lágrimas. María estaba de pie junto a ellos en el momento de la despedida. Llevaba en brazos al Niño envuelto en su velo y dio algunos pasos para acompañar a los Reyes hasta la puerta de la gruta. Se detuvo en silencio y para dejar un recuerdo a aquellos hombres tan buenos quitóse el gran velo que tenía sobre la cabeza, que era de tejido amarillo y con el cual envolvía a Jesús y lo puso en manos de Mensor. Los Reyes recibieron el regalo inclinándose profundamente. Una alegría llena de respeto los embargó cuando vieron a María sin velo, teniendo al Niño en brazos. ¡Cuán dulces lágrimas derramaron al dejar la gruta! El velo fue para ellos desde entonces la reliquia más preciada que poseyeran.

La Santísima Virgen recibía los dones, pero no parecía darles importancia alguna, aunque en su humildad encantadora mostraba un profundo agradecimiento a la persona que hacía el regalo. En todos estos homenajes no he visto en María ningún acto o sentimiento de complacencia para consigo misma. Sólo por amor al Niño Jesús y por compasión a San José se dejó llevar de la natural esperanza de que en adelante el Niño Jesús y José encontrarían en Belén más simpatía que antes y que ya no serían tratados con tanto desprecio como lo fueron a su llegada. La tristeza y la inquietud de José la había afligido en extremo.

Cuando volvieron los Reyes a despedirse ya estaba la lámpara encendida en la gruta. Todo estaba oscuro afuera. Los Reyes se fueron en seguida con sus acompañantes y se reunieron debajo del terebinto, sobre la tumba de Maraña, para celebrar allí, como en la víspera, algunas ceremonias de su culto. Debajo del árbol habían encendido una lámpara y al aparecer las estrellas comenzaron a rezar sus preces y a entonar melodiosos cantos, produciendo un efecto muy agradable en ese coro las voces de los niños. Después se dirigieron a la carpa donde José había preparado una modesta comida. Concluida ésta, algunos se volvieron a la posada de Belén y otros descansaron bajo sus carpas.


La Epifanía del Señor


La lección de los Magos es válida siempre. Nos enseñan alteza de miras para ver la estrella, intrepidez para seguirla y constancia para llegar hasta el fin.
El 6 de enero se celebra la Epifanía en el mundo cristiano. En esta fecha conmemoramos la adoración al Niño Dios por parte de tres reyes sabios que llegaron a Belén desde el Oriente para ofrecerle al Niño tres obsequios simbólicos: incienso, mirra y oro.
¿QUÉ ES LA EPIFANÍA?
Epifanía significa “manifestación”. Es la fiesta en la que Jesús toma una presencia humana en la tierra, y, por tanto, es posterior a la Navidad. Tanto la Navidad como la Epifanía celebran, desde diferentes perspectivas, el misterio de la encarnación, la venida y manifestación de Cristo al mundo. Es un día de alegría, en el que salimos al encuentro con Jesús y le rendimos nuestra adoración como lo hicieron los Reyes Magos.
Aunque existen varias manifestaciones en la historia cristiana, la Iglesia celebra como epifanías tres eventos: La Epifanía del Señor ante los Reyes Magos (Mt 2, 1-12); Su Epifanía a San Juan Bautista en el Jordán; Su Epifanía a sus discípulos y el milagro en Caná. No obstante, la primera manifestación del Hijo de Dios hecho Hombre al mundo pagano, fue aquella que tuvo lugar con la adoración de los Reyes Magos y por ello es la celebración magna, la cual proclama la misión salvadora de Cristo.
LAS ENSEÑANZAS DE LOS REYES MAGOS
Podemos aprovechar esta fiesta de la Iglesia para reflexionar y vivir las enseñanzas que nos da este pasaje evangélico:
- Los magos representan a todos aquellos que buscan, sin cansarse, la luz de Dios, siguen sus señales y, cuando encuentran a Jesucristo, luz de los hombres, le ofrecen con alegría todo lo que tienen. 
- La estrella anunció la venida de Jesús a todos los pueblos. Hoy en día, el Evangelio es lo que anuncia a todos los pueblos el mensaje de Jesús. 
- Los Reyes Magos no eran judíos como José y María. Venían de otras tierras lejanas (de Oriente: Persia y Babilonia), siguiendo a la estrella que les llevaría a encontrar al Salvador del Mundo. Representan a todos los pueblos de la tierra que desde el paganismo han llegado al conocimiento del Evangelio. 
- Los Reyes Magos dejaron su patria, casa, comodidades, familia, para adorar al Niño Dios. Perseveraron a pesar de las dificultades que se les presentaron. Era un camino largo, difícil, incómodo, cansado. El seguir a Dios implica sacrificio, pero cuando se trata de Dios cualquier esfuerzo y trabajo vale la pena. 
- Los Reyes Magos tuvieron fe en Dios. Creyeron, aunque no veían, aunque no entendían. Quizá ellos pensaban encontrar a Dios en un palacio, lleno de riquezas y no fue así, sino que lo encontraron en un pesebre y así lo adoraron y le entregaron sus regalos. Nos enseñan la importancia de estar siempre pendientes de los signos de Dios para reconocerlos. 
La Adoración de los Reyes Magos Según las visiones reveladas a la Beata Ana Catalina Emmerich (Coesfeld, 8 de septiembre de 1774 - Dülmen, 9 de febrero de 1824), en proceso de canonización.


domingo, 29 de diciembre de 2019

La Sagrada Familia


Homilía que pronunció el cardenal Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, durante la misa que congregó el domingo de la Sagrada Familia a familias de Europa en la plaza de Lima en Madrid.


LA SAGRADA FAMILIA

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Una vez más, una Plaza madrileña, la Plaza de Lima, nos ofrece un bello marco para celebrar la Fiesta de la Sagrada Familia públicamente ante la sociedad y ante el mundo como "una Misa de las Familias": de las familias de Madrid y de toda España. Así sucedió el pasado año. Hoy, además, como una Eucaristía de las familias de toda Europa. Me es muy grato, por ello, saludar con afecto fraterno en el Señor a los Sres. 

Cardenales, Arzobispos y Obispos de las Diócesis de España, pero, especialmente, a los hermanos venidos de Roma y de diversos países europeos. En un lugar destacado quisiera hacerlo con el Sr. Cardenal Prefecto del Pontificio Consejo para las Familias, que subraya con su presencia el valor pastoral que le merecen al Santo Padre y a sus colaboradores más próximos nuestra iniciativa a favor de la familia. El luminoso y siempre certero mensaje del Papa Benedicto XVI no nos ha faltado tampoco en esta ocasión en que la Eucaristía de las familias cristianas de España se abre a las Iglesias particulares de Europa. Mi saludo muy cordial se dirige también a los innumerables hermanos sacerdotes españoles y europeos, cercanos siempre a las familias que ellos atienden y sirven con cuidadoso celo y caridad pastorales. Nuestro más efusivo saludo va dirigido, sin embargo, a las innumerables familias - abuelos, padres, hijos, hermanos... - que se han sacrificado para venir a Madrid y poder celebrar en esta fría mañana madrileña, unidos en una extraordinaria asamblea litúrgica con los fieles de nuestra diócesis, la Acción de Gracias eucarística con alegría jubilosa por el inmenso don de la familia cristiana: familia que se mira en la Sagrada Familia de Nazareth como el modelo insuperable y decisivo para poder vivir en plenitud la riqueza de la gracia del matrimonio cristiano en el día a día del crecer y del quehacer de la propia familia. La familia cristiana sabe, además, que en Jesús, María y José, encuentra el apoyo sobrenatural necesario que le ha sido preparado amorosamente por Dios para que no desfallezca en la realización de su hermosa vocación.

Vuestra multitudinaria presencia, queridas familias, y vuestra participación atenta, piadosa y activa en esta celebración eucarística habla un claro y elocuente lenguaje: ¡queréis a vuestras familias! ¡queréis a la familia!; ¡mantenéis fresca y vigorosa la fe en la familia cristiana!; estáis seguras, compartiendo la doctrina de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, de que el modelo de la familia cristiana es el que responde fielmente a la voluntad de Dios y, por ello, es el que garantiza el bien fundamental e insustituible de la familia para sus propios miembros -los padres y los hijos en eminente lugar-, para toda la sociedad y, no en último lugar, para la Iglesia. La Iglesia es, en definitiva, la "construcción de Dios", "en la que habita su familia", como enseña el Vaticano II; y la familia en ella es "Iglesia doméstica" (LG 6 y 11). Queridas familias cristianas: sois muy conscientes, incluso en virtud de vuestras propias experiencias de la vida en el matrimonio y en vuestra familia, de que ese otro lenguaje de los diversos modelos de familia, que parece adueñarse, avasallador y sin réplica alguna, de la mentalidad y de la cultura de nuestro tiempo, no responde a la verdad natural de la familia, tal como viene dada al hombre "desde el principio" de la creación y de que, por ello, es incapaz de resolver la problemática tantas veces cruel y dolorosa de los fracasos materiales, morales y espirituales que afligen hoy al hombre y a la sociedad europea de nuestro tiempo con una gravedad pocas veces conocida por la historia. Queridas familias: porque queréis vivir vuestra familia en toda la verdad, la bondad y la belleza que le viene dada por el plan salvador de Dios, estáis aquí como protagonistas del nuevo Pueblo y de la nueva Familia de Dios, que peregrina en este mundo hacia la Casa y la Gloria del Padre, celebrando con la Iglesia el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, culmen y fuente de toda la vida cristiana -y consecuentemente ¡de la verdadera vida de vuestras familias!- como una Fiesta, iluminada por la memoria, hecha actualidad, de la Sagrada Familia de Nazareth.

Con la Sagrada Familia, formada por Jesús, María y José, se inicia el capítulo de la nueva y definitiva historia de la familia: el de la familia, que, fundada por el Creador en el verdadero matrimonio entre el varón y la mujer, va a quedar liberada de la esclavitud del pecado y transformada por la gracia del Redentor. Acerquémonos pues con la mirada de la fe, clarificada por la palabra de Dios, a la realidad de esta familia, sagrada y entrañable a la vez, que abre a las nuestras el tiempo nuevo del amor y de la vida sin ocaso. Llama la atención desde el primer momento de su preparación y constitución que lo que guía y mueve a María y a José a desposarse y acoger en su seno al Hijo, a Jesús, es el cumplimiento de la voluntad de Dios sin condiciones; aunque, humanamente hablando, les cueste comprenderla. María dice "Sí" a la maternidad de su Hijo, que era nada menos que el Hijo del Altísimo. Lo concibe por obra del Espíritu Santo, siendo Virgen y permaneciendo Virgen. José acepta acoger a María en su casa como esposa, castamente, sabiendo que el Hijo que lleva en sus entrañas no es suyo, ¡es de Dios! Se abandonan a su santísima voluntad, sabiendo que responden así a los designios inescrutables, pero ciertos, del amor de un Dios que quiere salvar al hombre por caminos que le sobrepasan por la magnitud infinita de la misericordia que revelan.

Son cada vez más conscientes de que a ellos se les ha confiado la vida y la muerte terrena de un niño, que es el Hijo de Dios, el Mesías, el Señor. Sí, sobre todo, lo sabe su Madre María que lo acompaña, a veces desde la distancia física, pero siempre desde una inefable cercanía del corazón hasta el momento de la Cruz: ¡la hora de la expropiación total del Hijo y de la Madre en aras del Amor más grande! En la escena del adolescente Jesús, perdido y hallado por sus padres en el Templo de Jerusalén, que nos relata hoy el Evangelio de San Lucas, se confirmaba y se preludiaba hasta qué grado de entrega y oblación de la vida conllevaba la aceptación amorosa de la voluntad del Padre: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?". Y, aunque ellos no comprendieron del todo lo que les quería decir, su angustia precedente quedó enternecedoramente compensada por el Hijo: Jesús bajó con ellos a Nazareth y, bajo su autoridad, "iba creciendo en sabiduría, estatura, y en gracia ante Dios y ante los hombres". Y "su madre conservaba todo esto en su corazón". De aquel amor de María y José, amor de total entrega a Dios, y, por ello, de una fecundidad humanamente inimaginable, ¡sobrenatural!, surge la familia en la que nace, crece y vive el Salvador del hombre, el Autor de la Nueva Vida, el Cabeza del Nuevo Pueblo de Dios, el Primero entre una incontable multitud de hermanos, que habrían de configurar la nueva familia humana.

Queridas familias cristianas de España y de toda Europa: miraos a vosotras mismas como esposas y esposos, padres e hijos, en el límpido espejo de ese prototipo de la nueva familia querida y dispuesta por Dios en su plan de salvación del hombre, que es la familia de Jesús, María y José. 

¿Verdad que también vosotros podéis certificar que, cuando todo ese edificio de íntimas relaciones personales entre vosotros y con vuestros hijos se fundamenta en la vivencia fiel y siempre renovada de vuestro compromiso contraído sacramentalmente en Cristo, ante Dios y ante la Iglesia, os es posible e incluso sencillo y gratificante configurar vuestra familia como esa íntima comunidad de vida y amor donde se va abriendo día a día, "cruz a cruz", el camino de la verdadera felicidad? Entonces os sentís "como elegidos de Dios, santos y amados, para revestiros "de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión". Sabéis pedir perdón y perdonáis. Sabéis sobrellevaros y ¿os santificáis mutuamente? Colocáis por encima de todo "el amor" que "es el ceñidor de la unidad consumada". ¿En quién y en dónde podrán encontrar los niños, que van a nacer, los discapacitados, los enfermos, los rechazados... etc., el don de la vida y del amor incondicional sino en vosotros, padres y madres de las familias cristianas? ¿Hay quien responda mejor y más eficazmente a las situaciones dramáticas de los parados, de los ancianos, de los angustiados por la soledad física y espiritual, de los rotos por las decepciones y fracasos sentimentales, matrimoniales y familiares, que la familia verdadera, la fundada en la ley de Dios y en el amor de Jesucristo?

En esta madrileña Plaza de Lima, el día 2 de noviembre de 1982, el inolvidable Juan Pablo II, declarado Venerable el pasado día 19 de diciembre por nuestro Santo Padre Benedicto XVI, celebraba una Eucaristía memorable, convocada como "la Misa para las familias" en el tercer día de su largo primer viaje por toda la geografía de las Diócesis de España ¡Viaje Apostólico inolvidable! En su vibrante homilía se encuentra un pasaje, cuya vigorosa fuerza profética no ha perdido ni un ápice de actualidad. Permitidme que os lo recuerde:

"Además, según el plan de Dios, -afirmaba el Papa- el matrimonio es una comunidad de amor indisoluble ordenado a la vida como continuación y complemento de los mismos cónyuges. Existe una relación inquebrantable entre el amor conyugal y la transmisión de la vida, en virtud de la cual, como enseñó Pablo VI, "todo acto conyugal debe permanecer abierto a la transmisión de vida". Por el contrario, -como escribí en la Exhortación Apostólica "Familiaris Consortio"-"al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal.

Pero hay otro aspecto aún más grave y fundamental, que se refiere al amor conyugal como fuente de la vida: hablo del respeto absoluto a la vida humana, que ninguna persona o institución, privada o pública, puede ignorar. Por ello, quien negara la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad."

Benedicto XVI nos enseña hoy, en medio de una crisis socio-económica generalizada, un cuarto de siglo después de la homilía de la Plaza de Lima, en su Encíclica "Cáritas in Veritate": "La apertura moralmente responsable a la vida es una riqueza social y económica... Por eso, se convierte en una necesidad social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la persona. En esta perspectiva, los estados están llamados a establecer políticas que promuevan la centralidad y la integridad de la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, célula primordial y vital de la sociedad".

El panorama que presenta la realidad de la familia en la Europa contemporánea no es precisamente halagüeño. El preocupante diagnóstico del estado de salud de la familia europea, que hacía en octubre de 1999 la II Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos y que, después, Juan Pablo II recogía, detallaba y confirmaba en la Exhortación Postsinodal "La Iglesia en Europa", se ha ido agravando más y más. La actualidad del matrimonio y de la familia en los países europeos está marcada por la facilitación jurídica del divorcio hasta extremos impensables hasta hace poco tiempo y asimilables al repudio; por la aceptación creciente de la difuminación, cuando no de la eliminación, primero cultural y luego legal de la consideración del matrimonio como la unión irrevocable de un varón y una mujer en íntima comunidad de amor y de vida, abierta a la procreación de los hijos; por el crecimiento, al parecer imparable, de las rupturas matrimoniales y familiares con las conocidas y dramáticas consecuencias que acarrean para la suerte y el bien de los niños y de los jóvenes. A esta situación se ha añadido la crisis económica, con la inevitable secuela del paro y el desempleo como factor sobrevenido a la situación ya muy extendida de la crisis del matrimonio y de la familia. El derecho a la vida del niño, todavía en el vientre de su madre -del "nasciturus"-, se ve lamentablemente suplantado en la conciencia moral de un sector cada vez más importante de la sociedad, y en la legislación que la acompaña y la estimula, por un supuesto derecho al aborto en los primeros meses del embarazo. La vida de las personas con discapacidades varias, de los enfermos terminales y de los ancianos, sin un entorno familiar que las cobije, se ve cada vez más en peligro. Un panorama a primera vista oscuro y desolador. Sólo a primera vista. En el trasfondo alumbran los signos luminosos de la esperanza cristiana: ¡Aquí estáis vosotras, las queridas familias cristianas de España y de toda Europa, para dar testimonio de esa esperanza y corroborarla. Con el "sí" gozoso a vuestro matrimonio y a vuestra familia, sentida y edificada cristianamente como representación viva del amor de Dios -amor de oblación y entrega, ofrecido y fecundo también en "vuestra carne"- y con vuestro "sí" al matrimonio y a la familia como "el santuario de la vida" y fundamento de la sociedad, estáis abriendo de nuevo el surco para el verdadero porvenir de la Europa del presente y del futuro. Europa, sin vosotras, queridas familias cristianas, se quedaría prácticamente sin hijos o, lo que es lo mismo, sin el futuro de la vida. Sin vosotras, Europa se quedaría sin el futuro del amor, conocido y ejercitado gratuitamente; se quedaría sin la riqueza de la experiencia del ser amado por lo que se es y no por lo que se tiene. El futuro de Europa, su futuro moral, espiritual e, incluso, biológico, pasa por la familia realizada en su primordial y plena verdad. ¡El futuro de Europa pasa por vosotras, queridas familias cristianas!

Habéis recibido el gran don de poder vivir vuestro matrimonio y vuestra familia cristianamente, siguiendo el modelo de la Familia de Nazareth, y, con el don, una grande y hermosa tarea : la de ser testigos fieles y valientes, con obras y palabras, del Evangelio de la vida y de la familia en una grave coyuntura histórica de los pueblos de Europa, vinculados entre sí por la común herencia de sus raíces cristianas. Unidas en la Comunión de la Iglesia, alentadas y fortalecidas por la Sagrada Familia de Nazareth, por Jesús, María y José, la podréis llevar a un buen y feliz término. 

¡Sí, con el gozo jubiloso de los que han descubierto y conocen que en Belén de Judá, hace dos mil años, nos nació de María, la Virgen y Doncella de Nazareth, el Mesías, el Señor, el Salvador, lo podréis!
Amén.



CONSAGRACIÓN A LA SAGRADA FAMILIA 


Oh Jesús, Redentor nuestro amabilísimo, que habiendo venido a iluminar al mundo con la doctrina y con el ejemplo, habéis querido pasar la mayor parte de vuestra vida, humilde y sujeto a María y a José en la pobre casa de Nazaret, santificando a aquella Familia que había de ser el modelo de todas las familias cristianas; acoged benigno la nuestra, que ahora se dedica y consagra a Vos. Dignaos protegerla, guardarla y establecer en ella vuestro santo temor, con la paz y concordia de la caridad cristiana, para que imitando el ejemplo divino de vuestra Familia, pueda alcanzar toda entera, sin faltar uno solo, la eterna bienaventuranza.



María, Madre de Jesús y Madre nuestra, con vuestra piadosa intercesión haced que sea aceptable a Jesús esta humilde ofrenda, y obtenednos su gracia y bendición.

Oh san José, custodio santísimo de Jesús y de María, socorrednos con vuestras plegarias en todas las necesidades espirituales y temporales, a fin de que en unión con María y con Vos, podamos bendecir eternamente a nuestro divino Redentor Jesús. Así sea.