EL CAMINO: "YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA, NADIE VA AL PADRE SINO POR MÍ". (JUAN 14:6)

"BUSCAD PRIMERAMENTE EL REINO DE DIOS Y SU JUSTICIA, Y TODO LO DEMÁS SE OS DARÁ POR AÑADIDURA". (MATEO 6:33)

"Y EN NINGÚN OTRO HAY SALVACIÓN, PORQUE NO HAY OTRO NOMBRE BAJO EL CIELO DADO A LOS HOMBRES, EN EL CUAL PODAMOS SER SALVOS". (HECHOS 4:12)

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jueves, 24 de junio de 2021

Natividad de san Juan Bautista


24 DE JUNIO, NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA
HUBO UN HOMBRE, ENVIADO POR DIOS: SE LLAMABA JUAN


1. EL TESTIMONIO DE JUAN BAUTISTA
Juan da testimonio de él y clama: “Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo”.  (Juan (SBJ) 1, 15). Y este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron donde él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: “¿Quién eres tú?” El confesó, y no negó; confesó: « Yo no soy el Cristo.”  (Jn  1,19). Los enviados eran fariseos. Y le preguntaron: “¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?” Juan les respondió: “Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia. Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando. (Juan (SBJ) 1, 24-28), Y Juan dio testimonio diciendo:”He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo." Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios.  (Jn 1, 26-32). Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: “He ahí el Cordero de Dios.”(Jn 1,35)

2. NO ERA ÉL LA LUZ, SINO QUIEN DEBÍA DAR TESTIMONIO DE LA LUZ
El Verbo hasta ahora no había ofrecido a los hombres más que una cierta participación de su luz; ahora va a darla con el gran esplendor de su encarnación. Para esto aparece introducida la figura de Juan Bautista en el Evangelio de San Juan, quien había sido discípulo del Bautista.
Juan (Yohannan, abreviatura de Yehohannan = Dios hizo gracia) aparece situado en un momento histórico ya pasado, en contraposición al Verbo, que siempre existe. Juan no viene por su propio impulso; “es enviado por Dios.” Trae una misión oficial. Viene a “testificar”, que en su sentido original indica preferentemente un testigo presencial Viene a testificar a la Luz, que se va a encarnar, para que todos puedan creer por medio de él. El prestigio del Bautista era excepcional en Israel (Jn 1:19-28), hasta ser recogido este ambiente de expectación y prestigio por el mismo Flavio Josefo. (Historiador Judío). El tema del “testimonio” es uno de los ejes en el evangelio de san Juan que se repartirá multitud de veces y por variados testigos.
Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. (Jn 1, 7-8). El relato evangélico insiste en algo evidente: que Juan no era la Luz, sino que venía a testificar a la Luz.

3. EL BAUTISTA COMO PRECURSOR, ANUNCIANDO LA ENCARNACIÓN DEL VERBO
En el relato se Proclama Explícitamente la Encarnación del Verbo y El evangelista aporta al misterio de la encarnación del Verbo un segundo testimonio: “El del Juan Bautista.  Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Y  Juan da testimonio de él y clama: “Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.”  (Jn 1, 14-15). El Bautista tenía la misión de testimoniar al Verbo encarnado. Acabando de afirmar la encarnación, al punto le brota la escena en que el Bautista testifica que Cristo es el Verbo encarnado. La escena es vivamente descrita. Y Juan Bautista declara “existía antes que yo”.  Es la confesión de la preexistencia de Cristo, como en el relato siguiente: “Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud. Es preciso que él crezca y que yo disminuya. El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo, da testimonio de lo que ha visto y oído, y su testimonio nadie lo acepta”. (Jn 3:30, 33).

4. JUAN DA EL PRIMER TESTIMONIO OFICIAL MESIÁNICO DEL BAUTISTA
También el Evangelio de Juan nos relata el primer testimonio oficial mesiánico del Bautista ante los representantes venidos de Jerusalén: “Y este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron donde él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: ¿Quién eres tú?”  (Jn 1, 19)
 “Este es el testimonio de Juan.” Estas palabras introductorias podrían ser una alusión literaria a la misión del Bautista, que se dijo en el “prólogo” que era la de dar “testimonio” de Cristo (Jn 1:6-8), aunque allí nada se dijo de la forma histórica en que el Bautista cumplió ese “testimonio.”
El momento en que el Bautista hace su aparición en el valle del Jordán, predicando la “proximidad del reino de Dios” y orientando hacia él los espíritus y preparándoles con un “bautismo” que era símbolo de la renovación total, era un momento en Israel de máxima expectación mesiánica.
La figura y predicación de Juan el Bautista era lo que más contribuía a crear esta psicología mesiánica en las multitudes.

5. VOZ DEL QUE CLAMA EN EL DESIERTO
El escenario del Bautista era el desierto: Voz del que clama en el desierto: “Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas,  apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados.”  (Mc 1, 4-5). Por aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: “Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos. Este es aquél de quien habla el profeta Isaías cuando dice: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas.” (Mt 3, 1-3)
Los evangelios sinópticos hablan ampliamente de la persona ascética del Bautista: “Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a sus lomos, y su comida eran langostas y miel silvestre.”  (Mt  3,4),"Juan llevaba un vestido de pie de camello; y se alimentaba de langostas y miel silvestre.  (Mc 1,6)
La manifestación del Bautista en la región del Jordán, en aquel ambiente de expectación mesiánica, y anunciando que llegó el reino de Dios:”Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos.” (Mt 3:2), produjo una conmoción fortísima en Israel. Los evangelios la relatan expresamente: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios.
 “Decía, pues, a la gente que acudía para ser bautizada por él” (Lc 3, 4-6) o como relata Mateo: Pero viendo él venir muchos fariseos y saduceos al bautismo, les dijo: “Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? Dad, pues, fruto digno de conversión”  (Mt 3:7-8). El historiador judío Flavio Josefo se hace eco de esta actividad del Bautista, de su “bautismo” y del movimiento creado en torno a él.


6. Y ¿QUIÉN ES JUAN BAUTISTA?, “YO NO SOY EL MESÍAS.”  Y NO SOY ELÍAS.
Ante esta fuerte conmoción religioso-mesiánica, es cuando el evangelista los fariseos van a interrogarle: “¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?” Juan les respondió: “Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia”.Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando. (Jn 1, 24-28)
El diálogo de este interrogatorio, tal como lo relata el evangelista, es esquemático, pero preciso, y acusa la austeridad, y diríase sagacidad, del Bautista. “¿Tú quién eres?” Naturalmente, lo que les interesa no es su genealogía, sino su misión. La respuesta del Bautista es clara y terminante, como lo serán las respuestas a otras preguntas. “Yo no soy el Mesías.”  Y No soy Elías. (Jn 1, 19)
Y lo más extraño es que el Bautista niega ser “el Profeta,” Los enviados eran fariseos. 25 Y le preguntaron: “¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?” (Juan (SBJ) 1, 24), cuando, en realidad, su misión era profética. En el Benedictus se le reconoce por tal: será llamado “profeta del Altísimo”: Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos (Lc 1:76). Y Cristo dirá de él mismo que “no hay entre los nacidos de mujer profeta más grande que Juan” (Lc 7:28).
Es la “voz que clama en el desierto.” Ante estas reiteradas negativas, le preguntan autoritativamente, ya que al Sanedrín le incumbía esta investigación, quién sea. Que lo diga positivamente, pues ellos han de llevar una información precisa sobre él a Jerusalén. “¿Quién eres?” y Juan dice que es: Yo soy voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.  (Jn 1, 19) La cita del Bautista está hecha de modo más libre y matizada. El profeta anuncia la vuelta del pueblo de la cautividad de Babilonia. Es Dios que viene en medio de su pueblo. Y se figura un heraldo que clama: “Abrid camino a Yahvé en el desierto” por donde ha de pasar.
El Bautista se figura que él es el enviado que, estando en el “desierto,” desde él pide a todos que se preparen para la inminente venida del Mesías.

7. JUAN BAUTIZABA CON AGUA
En efecto, a la primera parte de la respuesta del Bautista: “Yo bautizo en agua” (v.26), se esperaría la contraposición que Cristo bautizaría en fuego o en Espíritu Santo.
En efecto, el bautismo de Juan no tenía valor “legal,” “moral,” sino que tenía valor en cuanto, siendo un símbolo externo de purificación, excitaba y protestaba la “confesión de los pecados”; “y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.”  (Mt 3:6). Hasta el historiador judío Flavio Josefo destaca esto: este bautismo “no era usado para expiación de crímenes, sino para la purificación del cuerpo, una vez que ya las mentes estaban purificadas por la justicia.”
Pero, en lugar de contraponer a su bautismo el de Cristo, hace el elogio de éste en contraposición consigo mismo. “Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego.”  (Mt 3,11)
Esta frase, con pequeñas modificaciones literarias, la traen los tres evangelios sinópticos, y con ello, de forma enigmática, anuncia que él sólo es el “precursor” de una persona cuya dignidad anuncia, pero que él no es digno de “desatarle” las correas de la sandalia. Era este oficio propio de esclavos.

8. Y YO NO LE CONOCÍA, PERO HE VENIDO A BAUTIZAR EN AGUA PARA QUE ÉL SEA MANIFESTADO A ISRAEL. 
Este a quien él precede “está en medio de vosotros,” y vosotros “no le conocéis.” Es ello una alusión al tema mesiánico conocido en Israel. Según creencia popular, el Mesías, antes de su aparición, estaría oculto en algún lugar desconocido. Llama así la atención mesiánica sobre Cristo, conforme a la creencia ambiental. Luego dirá el Bautista cómo supo él que Cristo era el Mesías: “Y yo no le conocía”, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel.  Y Juan dio testimonio diciendo: He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo."   Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios.  (Jn 1:31-34). Por eso, si Cristo está oculto, el que los judíos no le conozcan no es reproche. Precisamente la misión del Bautista es presentarlo a Israel. Así evocaba la creencia ambiental en el Mesías oculto, Cristo, y en Elías “precursor,” cuya función realizaba el Bautista: “hasta Juan profetizaron. Y, si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir. El que tenga oídos, que oiga”. (Mt 11:14).

9. “VIENE DESPUÉS DE MÍ.”
Este Mesías así presentado, aún lo califica más al decir que “viene después de mí.” Es la alusión al pasaje de Malaquías (Mal 3:1), sobre un heraldo y Yahvé, y que la tradición judía interpretó del Mesías y de Elías, el “precursor.” Si aquí el Bautista no usa el nombre del que “viene” como sinónimo de Mesías, fácilmente se piensa en él, y no sólo por exigencia del contexto. Pues el Bautista, cuando manda a sus discípulos a preguntar a Cristo si él es el Mesías, les hará decir: Si eres tú “el que viene” (Mt 11:3). En Malaquías, el que “vendrá” es Yahvé (cf. Mal 3).
El evangelista localiza esta escena “en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.” Sin embargo, el nombre de la localidad en la que Juan bautizaba no es dado uniformemente por los códices, que se dividen entre Betania (casa de la barca) y Betabara (casa del paso). Ya Orígenes atestiguaba que la mayor parte de los códices leían así. Aunque él aceptaba la lección de Betabara, porque en la onomástica de esta región no se encontraban huellas del primer nombre.

10. HE AQUÍ EL CORDERO DE DIOS
Viendo Juan Bautista que Cristo se acerca en dirección a él, aunque podría referirse al momento en que Cristo se acerca para recibir el bautismo, y posiblemente después del mismo bautismo, hace ante el auditorio otro anuncio oficial de quién es Cristo, diciendo: “He aquí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo.”
También se relata que con él estaban “dos de sus discípulos.” Es conocida por elΝ.Τ. la existencia de un círculo de “discípulos” del Bautista: Entonces se le acercan los discípulos de Juan”. (Mt 9:14). Ante ellos, el Bautista, viendo que Jesús “pasaba” por allí cerca, “fijó los ojos en El,” y testificó ante estos discípulos que era “el Cordero (Siervo) de Dios.” Esta testificación ante estos dos discípulos parece ser un indicio de que éstos no estaban con él cuando testificó lo mismo ante un auditorio innominado, ya que, al mostrarlo así como el Mesías, le hubiesen, probablemente, seguido entonces.
Y sucedió que al punto de “oír” proclamar al Bautista a Cristo como el “Cordero / Siervo de Dios” (Mesías), “siguieron a Jesús.” Conociendo Cristo, “al volverse,” que le seguían, pero un “seguirle” que le hizo saber que le buscaban a El, les preguntó: “¿Qué buscáis?”. Le dijeron: “Rabí,” que quiere decir Maestro, ¿dónde moras?” El título de rabí o maestro de la Ley sólo lo tenían oficialmente los “rabís” que lo habían recibido de la autoridad religiosa después de un largo aprendizaje de años. Pero todo el que tenía discípulos era llamado “rabí.”. Se lo usa como título de cortesía. Frecuentemente aparece Cristo llamado así por diversas gentes (Mt 17:24, etc.).
Aquellos discípulos del Bautista requerían tiempo y profunda intimidad en lo que querían tratar con él. No era oportuno tratarlo allí entre las turbas que venían al bautismo de Juan. ¿Sería ello un indicio de ofrecimiento indirecto a seguirle como discípulos? Se diría lo más probable. Pues viviendo en un “círculo” de orientación al Mesías, bajo la dependencia del Bautista, se explicaría bien que, al ser mostrado por éste, se quisieran incorporar a lo que orientaba su vida de “discípulos de Juan.”
La respuesta de Cristo fue: “Venid y ved” Ante esta invitación, estos discípulos fueron y se quedaron con El “aquel día.” Y se señala que era “como la hora décima.” El evangelista da el nombre de uno de estos dos discípulos del Bautista. Era Andrés, hermano de Simón Pedro.

11. “ES PRECISO QUE ÉL CREZCA Y QUE YO DISMINUYA.”
Después de esto, se fue Jesús con sus discípulos al país de Judea; y allí se estaba con ellos y bautizaba. Juan también estaba bautizando en Ainón, cerca de Salim, porque había allí mucha agua, y la gente acudía y se bautizaba. Pues todavía Juan no había sido metido en la cárcel. Se suscitó una discusión entre los discípulos de Juan y un judío acerca de la purificación. 26 Fueron, pues, donde Juan y le dijeron: “Rabbí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, aquel de quien diste testimonio, mira, está bautizando y todos se van a él.”Juan respondió: Nadie puede recibir nada si no se le ha dado del cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: "Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él."….Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud… Es preciso que él crezca y que yo disminuya. (Jn 2, 22-30)
La providencia de Dios tiene sus planes. Bien se lo dijo el mismo Cristo al Bautista (Mt 3:15). El hombre no debe intentar arrogarse lo que Dios no le tiene concedido. El Bautista tenía encomendada una misión del cielo. “Hubo un hombre enviado de Dios, de nombre Juan,” que “vino a dar testimonio de la luz” (Jn 1:6.7). En ella debía moverse, y ajustarse sólo a esta obra.
Conforme a este don recibido del cielo actúa. No se arroga poderes que no tiene ni se deja halagar por el triunfo que despierta su misión. El heraldo desaparece a la hora de la visita del rey. Pero desaparece con el más profundo placer al ver cumplida su misión y la presencia del Mesías. “Es preciso que él crezca y que yo disminuya.”

El Señor les Bendiga
Pedro Sergio
Junio de 2011
Fuentes: Biblia de Jerusalén
Comentarios Biblia Nacár-Colunga


sábado, 29 de agosto de 2020

San Juan Bautista, mártir por decir la verdad



SAN JUAN BAUTISTA, MÁRTIR POR DECIR LA VERDAD

San Juan el Bautista, “la voz que clama en el desierto”, sin duda, no es cualquier santo, pues de él dijo el Señor Jesucristo: “En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista” (Mt 11,11a); aunque también dijo que “sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él” (Mt 11,11b), lo cual puede interpretarse de diversas maneras, siendo una de ellas la de la “superioridad” del Nuevo Pacto, establecido por Cristo, sobre el Antiguo, al que todavía pertenecía el Bautista.
¿Y por qué murió mártir San Juan Bautista? Por decir la verdad. Y por decirla con claridad. Y por decírsela a un rey que en verdad reinaba -no como ocurre en muchas monarquías de hoy-. No creo que hubiera cambiado mucho la cosa si en vez de ser un rey hubiera sido un gobernador o un simple general romano. El caso es que la verdad ofende al que vive en la mentira y el pecado. Y proclamarla conlleva un peligro evidente cuando el acusado tiene entre sus manos la espada, la metralleta o el Boletín Oficial del Estado.
La Escritura afirma que la Iglesia es columna y baluarte de la verdad. Y no de cualquier verdad, sino de aquella que nos salva. Pero una verdad que no es proclamada no produce el efecto benéfico y liberador del que Cristo habló: “… y la verdad os hará libres” (Jn 8,32).
La verdad que la Iglesia tiene el deber de defender y proclamar no es una mera colección de sentencias, reglas y advertencias. La verdad es Cristo mismo, su persona. Pero no podemos separar a Cristo de su mensaje, de sus enseñanzas, de su ley. Decimos la verdad cuando afirmamos que Cristo nos salva. Pero también cuando advertimos que quien no cree en Él ni hace lo que Él dice, se condena. Decimos la verdad cuando afirmamos que el hombre no puede por sí solo cumplir la voluntad de Dios, y que necesita la gracia para que Dios obre el bien en él, pero también cuando advertimos que quien desecha la gracia se enfrenta a un juicio del que sólo se puede salir con el veredicto de culpabilidad y una pena de condenación eterna.
Decimos la verdad cuando afirmamos que el hombre tiene derecho a la vida desde su concepción hasta su muerte natural, pero también cuando decimos que el aborto es un asesinato y la eutanasia atenta contra Dios y la dignidad de los seres humanos. Decimos la verdad cuando afirmamos que el matrimonio ha de ser para siempre y abierto a la vida, pero también cuando, siguiendo las palabras de Jesús, llamamos adúlteros a quienes se divorcian y vuelven a casar.
La verdad ha de ser confesada y proclamada en su integridad. No caben medias verdades. No caben tibiezas. Si acaso, cabe una cierta prudencia fruto de la caridad. Pero la prudencia no puede convertirse en excusa para callar. La prudencia no puede ser el parapeto detrás del que se esconden los cobardes que no quieren arrostrar las consecuencias de decir una verdad que puede llevarles incluso al martirio.
Si San Juan Bautista murió decapitado por decir la verdad, no creo que sea mucho pedir que los cristianos suframos hoy algún tipo de “incomodidades” por decirle a la sociedad lo que esta no quiere oír. Si en este mismo momento hay cristianos que son perseguidos hasta el martirio en Asia o en los países musulmanes, no tiene nada de particular que los que vivimos en Occidente soportemos el desprecio por ser testigos de Cristo y del evangelio. Es más, si no ocurre tal cosa será porque no hacemos lo que estamos llamados a hacer.
Dice San Pablo: “Y todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones. En cambio los malos y embaucadores irán de mal en peor, serán seductores y a la vez seducidos” (2 Tim 3,12-13).
Ahora que vemos que nuestra sociedad está en manos de la cultura de la muerte, la voz de la Iglesia ha de sonar atronadoramente como sonó la de San Juan Bautista hace casi veintiún siglos. Hay que apuntar con el dedo y decir sus pecados, ofreciendo a su vez la salvación gratuita en Cristo. Los que se postran ante el ídolo de lo “políticamente correcto” -incluso de lo “eclesialmente correcto- sobran. Los que quieren pactar con los Herodes modernos, están de más. Y eso vale para todos los bautizados, pastores y ovejas. No hay otro camino. No hay atajos. San Pedro lo entendió cuando Cristo le llamó Satanás por aconsejarle evitar la cruz.
Hay cruz en decir la verdad. Pero sin cruz, no hay salvación. O hablamos nosotros o, como dijo Cristo, “si éstos callan gritarán las piedras” (Luc 19,40). San Juan Bautista mostró el camino que Dios ha marcado para los que están llamados a ser testigos de la verdad. O lo recorremos o seremos desechados de su Reino.

Luis Fernando Pérez Bustamante

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Señor: te rogamos por tantas parejas que viven sin casarse y en pecado. Perdónales y concédeles la verdadera conversión. Y te suplicamos que nunca dejes de enviarnos valientes predicadores, que como Juan Bautista no dejen a los pecadores estar tranquilos en su vida de pecado por que los puede llevar a la perdición, y que despierten las conciencias de sus oyentes para que cada uno prefiera morir antes que pecar. Amén.

El evangelio de San Marcos nos narra de la siguiente manera la muerte del gran precursor, San Juan Bautista: "Herodes había mandado poner preso a Juan Bautista, y lo había llevado encadenado a la prisión, por causa de Herodías, esposa de su hermano Filipos, con la cual Herodes se había ido a vivir en unión libre. Porque Juan le decía a Herodes: "No le está permitido irse a vivir con la mujer de su hermano". Herodías le tenía un gran odio por esto a Juan Bautista y quería hacerlo matar, pero no podía porque Herodes le tenía un profundo respeto a Juan y lo consideraba un hombre santo, y lo protegía y al oírlo hablar se quedaba pensativo y temeroso, y lo escuchaba con gusto".

"Pero llegó el día oportuno, cuando Herodes en su cumpleaños dio un gran banquete a todos los principales de la ciudad. Entró a la fiesta la hija de Herodías y bailó, el baile le gustó mucho a Herodes, y le prometió con juramento: "Pídeme lo que quieras y te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino".

La muchacha fue donde su madre y le preguntó: "¿Qué debo pedir?". Ella le dijo: "Pida la cabeza de Juan Bautista". Ella entró corriendo a donde estaba el rey y le dijo: "Quiero que ahora mismo me des en una bandeja, la cabeza de Juan Bautista".

El rey se llenó de tristeza, pero para no contrariar a la muchacha y porque se imaginaba que debía cumplir ese vano juramento, mandó a uno de su guardia a que fuera a la cárcel y le trajera la cabeza de Juan. El otro fue a la prisión, le cortó la cabeza y la trajo en una bandeja y se la dio a la muchacha y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse los discípulos de Juan vinieron y le dieron sepultura (S. Marcos 6,17).

Herodes Antipas había cometido un pecado que escandalizaba a los judíos porque está muy prohibido por la Santa Biblia y por la ley moral. Se había ido a vivir con la esposa de su hermano. Juan Bautista lo denunció públicamente. Se necesitaba mucho valor para hacer una denuncia como esta porque esos reyes de oriente eran muy déspotas y mandaban matar sin más ni más a quien se atrevía a echarles en cara sus errores.

Herodes al principio se contentó solamente con poner preso a Juan, porque sentía un gran respeto por él. Pero la adúltera Herodías estaba alerta para mandar matar en la primera ocasión que se le presentara, al que le decía a su concubino que era pecado esa vida que estaban llevando.

Cuando pidieron la cabeza de Juan Bautista el rey sintió enorme tristeza porque estimaba mucho a Juan y estaba convencido de que era un santo y cada vez que le oía hablar de Dios y del alma se sentía profundamente conmovido. Pero por no quedar mal con sus compinches que le habían oído su tonto juramento (que en verdad no le podía obligar, porque al que jura hacer algo malo, nunca le obliga a cumplir eso que ha jurado) y por no disgustar a esa malvada, mandó matar al santo precursor.

Este es un caso típico de cómo un pecado lleva a cometer otro pecado. Herodes y Herodías empezaron siendo adúlteros y terminaron siendo asesinos. El pecado del adulterio los llevó al crimen, al asesinato de un santo.


Juan murió mártir de su deber, porque él había leído la recomendación que el profeta Isaías hace a los predicadores: "Cuidado: no vayan a ser perros mudos que no ladran cuando llegan los ladrones a robar". El Bautista vio que llegaban los enemigos del alma a robarse la salvación de Herodes y de su concubina y habló fuertemente. Ese era su deber. Y tuvo la enorme dicha de morir por proclamar que es necesario cumplir las leyes de Dios y de la moral. Fue un verdadero mártir.

fuente: EWTN


lunes, 29 de agosto de 2016

El Martirio de San Juan Bautista


Si a san Juan Bautista le mandan a cortar la cabeza no es por "acoger y acompañar" al pecador, o por guardar silencio, sino por advertir a los pecadores de su pecado y llamarlos al arrepentimiento y la conversión. 


EL MARTIRIO DE SAN JUAN BAUTISTA


Señor: te rogamos por tantas parejas que viven sin casarse y en pecado. Perdónales y concédeles la verdadera conversión. Y te suplicamos que nunca dejes de enviarnos valientes predicadores, que como Juan Bautista no dejen a los pecadores estar tranquilos en su vida de pecado por que los puede llevar a la perdición, y que despierten las conciencias de sus oyentes para que cada uno prefiera morir antes que pecar.

AÑO 30

El evangelio de San Marcos nos narra de la siguiente manera la muerte del gran precursor, San Juan Bautista: "Herodes había mandado poner preso a Juan Bautista, y lo había llevado encadenado a la prisión, por causa de Herodías, esposa de su hermano Filipos, con la cual Herodes se había ido a vivir en unión libre. Porque Juan le decía a Herodes: "No le está permitido irse a vivir con la mujer de su hermano". Herodías le tenía un gran odio por esto a Juan Bautista y quería hacerlo matar, pero no podía porque Herodes le tenía un profundo respeto a Juan y lo consideraba un hombre santo, y lo protegía y al oírlo hablar se quedaba pensativo y temeroso, y lo escuchaba con gusto".

"Pero llegó el día oportuno, cuando Herodes en su cumpleaños dio un gran banquete a todos los principales de la ciudad. Entró a la fiesta la hija de Herodías y bailó, el baile le gustó mucho a Herodes, y le prometió con juramento: "Pídeme lo que quieras y te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino".

La muchacha fue donde su madre y le preguntó: "¿Qué debo pedir?". Ella le dijo: "Pida la cabeza de Juan Bautista". Ella entró corriendo a donde estaba el rey y le dijo: "Quiero que ahora mismo me des en una bandeja, la cabeza de Juan Bautista".

El rey se llenó de tristeza, pero para no contrariar a la muchacha y porque se imaginaba que debía cumplir ese vano juramento, mandó a uno de su guardia a que fuera a la cárcel y le trajera la cabeza de Juan. El otro fue a la prisión, le cortó la cabeza y la trajo en una bandeja y se la dio a la muchacha y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse los discípulos de Juan vinieron y le dieron sepultura (S. Marcos 6,17).

Herodes Antipas había cometido un pecado que escandalizaba a los judíos porque está muy prohibido por la Santa Biblia y por la ley moral. Se había ido a vivir con la esposa de su hermano. Juan Bautista lo denunció públicamente. Se necesitaba mucho valor para hacer una denuncia como esta porque esos reyes de oriente eran muy déspotas y mandaban matar sin más ni más a quien se atrevía a echarles en cara sus errores.

Herodes al principio se contentó solamente con poner preso a Juan, porque sentía un gran respeto por él. Pero la adúltera Herodías estaba alerta para mandar matar en la primera ocasión que se le presentara, al que le decía a su concubino que era pecado esa vida que estaban llevando.

Cuando pidieron la cabeza de Juan Bautista el rey sintió enorme tristeza porque estimaba mucho a Juan y estaba convencido de que era un santo y cada vez que le oía hablar de Dios y del alma se sentía profundamente conmovido. Pero por no quedar mal con sus compinches que le habían oído su tonto juramento (que en verdad no le podía obligar, porque al que jura hacer algo malo, nunca le obliga a cumplir eso que ha jurado) y por no disgustar a esa malvada, mandó matar al santo precursor.

Este es un caso típico de cómo un pecado lleva a cometer otro pecado. Herodes y Herodías empezaron siendo adúlteros y terminaron siendo asesinos. El pecado del adulterio los llevó al crimen, al asesinato de un santo.

Juan murió mártir de su deber, porque él había leído la recomendación que el profeta Isaías hace a los predicadores: "Cuidado: no vayan a ser perros mudos que no ladran cuando llegan los ladrones a robar". El Bautista vio que llegaban los enemigos del alma a robarse la salvación de Herodes y de su concubina y habló fuertemente. Ese era su deber. Y tuvo la enorme dicha de morir por proclamar que es necesario cumplir las leyes de Dios y de la moral. Fue un verdadero mártir.

Una antigua tradición cuenta que Herodías años más tarde estaba caminando sobre un río congelado y el hielo se abrió y ella se consumió hasta el cuello y el hielo se cerró y la mató. Puede haber sido así o no. Pero lo que sí es histórico es que Herodes Antipas fue desterrado después a un país lejano, con su concubina. Y que el padre de su primera esposa (a la cual él había alejado para quedarse con Herodías) invadió con sus Nabateos el territorio de Antipas y le hizo enormes daños. Es que no hay pecado que se quede sin su respectivo castigo.

Fuente: EWTN


LA VOZ QUE CLAMA EN EL DESIERTO