EL CAMINO: "YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA, NADIE VA AL PADRE SINO POR MÍ". (JUAN 14:6)

"BUSCAD PRIMERAMENTE EL REINO DE DIOS Y SU JUSTICIA, Y TODO LO DEMÁS SE OS DARÁ POR AÑADIDURA". (MATEO 6:33)

"Y EN NINGÚN OTRO HAY SALVACIÓN, PORQUE NO HAY OTRO NOMBRE BAJO EL CIELO DADO A LOS HOMBRES, EN EL CUAL PODAMOS SER SALVOS". (HECHOS 4:12)

Mostrando entradas con la etiqueta Santo Cura de Ars. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Santo Cura de Ars. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de agosto de 2020

San Juan María Vianney

“No tratéis de agradar a todos.
No tratéis de agradar a algunos.
¡Tratad de agradar a Dios!”.
(San Juan María Vianney)

Santo Cura de Ars: Pide a Dios que nos envíe siempre buenos párrocos como tú.

SAN JUAN MARÍA VIANNEY
Fiesta: 4 de agosto
(1786-1859)

Uno de los santos más populares en los últimos tiempos ha sido San Juan María Vianney, llamado el santo Cura de Ars. En él se ha cumplido lo que dijo San Pablo: "Dios ha escogido lo que no vale a los ojos del mundo, para confundir a los grandes".

Era un campesino de mente rústica, nacido en Dardilly, Francia, el 8 de mayo de 1786. Durante su infancia estalló la Revolución Francesa que persiguió ferozmente a la religión católica. Con el pretexto de implantar la "Libertad, igualdad y fraternidad" desató una masiva persecución que llevó a la guillotina a muchos hombres y mujeres, incluyendo a muchos sacerdotes y religiosas.

Los sacerdotes tenían que disfrazarse, cambiando constantemente de domicilio, para poder ministrar al pueblo de Dios, que permanecía fiel. Entre estos sacerdotes se encuentran dos que serán muy importantes en la vocación de San Juan: el Padre Balley y el Padre Groboz, quienes trabajaban ambos en Ecculy. Uno hacía de panadero y el otro de cocinero.

Así que él y su familia, para poder asistir a misa tenían que hacerlo en celebraciones hechas a escondidas, donde los agentes del gobierno no se dieran cuenta, porque había pena de muerte para los que se atrevieran a practicar en público su religión.

La primera comunión la hizo Juan María a los trece años, en Ecculy, en una celebración nocturna, a escondidas, en un pajar, a donde los campesinos llegaban con bultos de pasto, simulando que iban a alimentar sus ganados, pero el objeto de su viaje era asistir a la Santa Misa que celebraba un sacerdote, con grave peligro de muerte, si los sorprendían las autoridades. Pero para nuestro protagonista fue un día memorable. Aún siendo ya mayorcito las lágrimas corrieron por sus mejillas al recibir al Señor y durante toda su vida habló de este día, y atesoró el Rosario que le regaló su madre con motivo de esta celebración.

Juan María deseaba ser sacerdote, se decía: “Si soy sacerdote podría ganar muchas almas para Dios”, y este pensamiento lo compartía con su madre, en quien encontraba apoyo, pero a su padre no le interesaba perder este buen obrero que le cuidaba sus ovejas y le trabajaba en el campo. Además no era fácil encontrar seminarios en esos tiempos tan difíciles. Y como estaban en guerra, Napoléon mandó reclutar a todos los muchachos mayores de diecisiete años y llevarlos al ejército. Y uno de los reclutados fue Juan María. Se lo llevaron para el cuartel, pero por el camino, por entrar a una iglesia a rezar, se perdió del grupo. Volvió a presentarse, pero en el viaje se enfermó y lo llevaron una noche al hospital y cuando al día siguiente se repuso ya los demás se habían ido. Las autoridades le ordenaron que se fuera por su cuenta a alcanzar a los otros, pero se encontró con un hombre que le dijo: "Sígame, que yo lo llevaré a donde debe ir". Lo siguió y después de mucho caminar se dio cuenta de que el otro era un desertor que huía del ejército, y que se encontraban totalmente lejos del batallón.

Al llegar a un pueblo, Juan María buscó al alcalde para contarle su caso. La ley ordenaba pena de muerte a quien desertara del ejército. Pero el alcalde que era muy bondadoso escondió al joven en su casa, siendo su dormitorio un pajar. Así estuvo trabajando y escondido por bastante tiempo. Se cambió de nombre, y se escondía profundamente entre el pasto seco de aquel pajar, cada vez que pasaban por allí grupos del ejército. Al fin en 1810, cuando Juan llevaba catorce meses de desertor el emperador Napoleón proclamó un decreto Ley perdonando la culpa a todos los que se habían fugado del ejército, y Vianney, por fin,  pudo volver a su hogar.

Una vez libre, trató de estudiar en el seminario pero su intelecto era romo y duro, y no lograba aprender nada. Los profesores exclamaban: "Es muy buena persona, pero no sirve para estudiante. No se le queda nada". Y lo echaron.

Entonces decidió hacer una peregrinación hasta la tumba de San Francisco Regis, para implorarle su ayuda para poder estudiar. El largo camino lo hizo a base de pedir limosna. Con la peregrinación no logró volverse más inteligente, pero adquirió valor para no dejarse desanimar por las dificultades.

El Padre Balley había fundado por su cuenta un pequeño seminario y allí recibió a Vianney. Al principio el sacerdote se desanimaba al ver que a este pobre muchacho no se le quedaba nada de lo que él le enseñaba, pero su conducta era tan excelente, y su criterio y su buena voluntad tan admirables que el buen Padre Balley dispuso hacer lo posible y lo imposible por hacerlo llegar al sacerdocio.

Después de prepararlo por tres años, dándole clases todos los días, el Padre Balley lo presentó a exámenes en el seminario. Fracaso total. No fue capaz de responder a las preguntas que esos profesores tan sabios le iban haciendo. Resultado: negativa total a que fuera ordenado de sacerdote.

Su gran benefactor, el Padre Balley, lo siguió instruyendo y lo llevó a visitar a un grupo de sacerdotes santos y les pidió que examinaran si este joven estaba preparado para ser un buen sacerdote. Ellos se dieron cuenta de que tenía buen criterio, que sabía resolver problemas de conciencia, y que era seguro en sus apreciaciones en lo moral, y varios de ellos se fueron a recomendarlo al Sr. Obispo. El prelado al oír todas estas cosas les preguntó: ¿El joven Vianney es de buena conducta? Ellos le respondieron: "Es excelente persona. Es un modelo de comportamiento. Es el seminarista menos sabio, pero el más santo". "Pues si así es —añadió el prelado— que sea ordenado sacerdote, pues aunque le falte ciencia, con tal de que tenga santidad, Dios suplirá lo demás".

Y así el 12 de agosto de 1815, fue ordenado sacerdote este joven que parecía tener menos inteligencia de la necesaria para este oficio, y que luego llegó a ser el más famoso párroco de su siglo (cuatro días después de su ordenación, nació San Juan Bosco). Los primeros tres años los pasó como vicepárroco del Padre Balley, su gran amigo y admirador.

Unos curitas muy sabios se habían burlado diciendo: "El Sr. Obispo lo ordenó de sacerdote, pero ahora se va a encantar con él, porque ¿a dónde lo va a enviar, que haga un buen papel?".

el 9 de febrero de 1818 fue enviado a la parroquia más pobre e infeliz. Se llamaba Ars. Tenía 370 habitantes. A la misa el domingo apenas asistía nadie: un hombre y algunas mujeres. Su antecesor dejó escrito: "Las gentes de esta parroquia en lo único en que se diferencian de los ancianos, es en que... están bautizadas". El pueblucho estaba lleno de cantinas y de bailes. Allí estará Juan Vianney como párroco durante cuarenta y un años, hasta su muerte, y lo transformará todo.

El nuevo Párroco de Ars se propuso un método triple para convertir a la gente de su parroquia. Rezar mucho. Sacrificarse todo lo posible, y hablar con la contundencia de la verdad. ¿Qué en Ars casi nadie iba a la Misa? Pues él reemplazaba esa falta de asistencia, dedicando horas y más horas a la oración ante el Santísimo Sacramento en el altar. ¿Qué el pueblo estaba lleno de cantinas y bailes? Pues él estaba dispuesto a hacer las más impresionantes penitencias para convertirlos. Durante años solamente se alimentará a diario con unas pocas patatas. Los lunes cocina una docena y media de patatas, que le duran hasta el jueves. Y en ese día hará otro cocinado igual con el cual se alimentará hasta el domingo. Es verdad que por las noches las cantinas y los bailes están repletos de gente de su parroquia, pero también es verdad que él pasa muchas horas de cada noche rezando por ellos. ¿Y sus sermones? Ah, ahí sí que enfoca toda la artillería de sus palabras contra los vicios de sus feligreses, y va demoliendo sin compasión todas las trampas con las que el diablo quiere perderlos.

Cuando el Padre Vianey empieza a volverse famoso mucha gente se dedican a criticarlo. El Sr. Obispo envía un visitador para que oiga sus sermones, y le diga qué cualidades y defectos tiene este predicador. El enviado vuelve trayendo noticias malas y buenas.

El prelado le pregunta:

—¿Tienen algún defecto los sermones del Padre Vianey?
—Sí, Monseñor: Tiene tres defectos. Primero, son muy largos. Segundo, son muy duros y fuertes. Tercero, siempre habla de los mismos temas: los pecados, los vicios, la muerte, el juicio, el infierno y el cielo".
—¿Y tienen también alguna cualidad estos sermones? pregunta Monseñor.
—Sí, tienen una cualidad, y es que los oyentes se conmueven, se convierten y empiezan una vida más santa de la que llevaban antes.

El Obispo satisfecho y sonriente exclamó:

—Por esa última cualidad se le pueden perdonar al Párroco de Ars los otros tres defectos.

Los primeros años de su sacerdocio, dedicaba tres o más horas a la lectura y al estudio, para preparar su sermón del domingo, antes de escribirlo. Después, durante largas horas paseaba por el campo recitándole su sermón a los árboles y al ganado, para tratar de aprenderlo. Y lo más importante, se arrodillaba por horas ante el Santísimo Sacramento en el altar, encomendándo al Señor lo que iba a decir al pueblo. Y sucedió muchas veces que al empezar a predicar se le olvidaba todo lo que había preparado, pero lo que le decía al pueblo causaba impresionantes conversiones.

Pocos santos han tenido que entablar luchas tan tremendas contra el demonio como San Juan María Vianney. El diablo no podía ocultar su rabia al ver cuántas almas le quitaba este cura tan sencillo, y, lo atacaba sin compasión, lo derribaba de la cama, lo despertaba con ruidos espantosos y hasta trató de prenderle fuego a su habitación. Una mañana el domino incendió su cama. El santo se disponía a revestirse para la Santa Misa cuando se oyó el grito de: “Fuego, fuego”. Él solo le dio las llaves del cuarto a aquellos que iban a apagar el fuego. Sabía que el demonio quería parar la santa Misa y no se lo permitió. Lo único que dijo fue: “El villano, al no poder atrapar al pájaro le prende fuego a su jaula. Hasta el día de hoy los peregrinos pueden ver, sobre la cabecera de la cama, un cuadro con su cristal con las marcas de las llamas. El demonio por espacio de horas hacía ruidos como de cristal, o silbidos, o ruidos de caballo y hasta gritaba debajo de la ventana del santo: “Vianney, Vianney, come patatas”. En otra ocasión le gritó: "Faldinegro odiado. Agradézcale a esa que llaman Virgen María, que si no ya me lo habría llevado al abismo".

Un día en una misión en un pueblo, varios sacerdotes jóvenes dijeron que eso de las apariciones del demonio eran puros cuentos del Padre Vianney. El párroco los invitó a que fueran a dormir en el dormitorio donde iba a pasar la noche el famoso padrecito. Y cuando empezaron los tremendos ruidos y los espantos diabólicos, salieron todos huyendo en pijama hacia el patio y no se atrevieron a volver a entrar al dormitorio ni a volver a burlarse del santo cura. Pero él lo tomaba con toda calma y con humor y decía: "Con el patas hemos tenido ya tantos encuentros que ahora parecemos dos compinches". Pero no dejaba de quitarle almas y más almas al maldito Satanás.

Cuando concedieron el permiso para que lo ordenaran sacerdote, escribieron: "Que sea sacerdote, pero que no lo pongan a confesar, porque no tiene ciencia para ese oficio". Pues bien: ese fue su oficio durante toda la vida, y lo hizo mejor que los que sí tenían mucha ciencia e inteligencia. Porque en esto lo que vale son las iluminaciones del Espíritu Santo, y no nuestra vana ciencia que nos infla y nos llena de tonto orgullo.

Tenía que pasar doce horas diarias en el confesionario durante el invierno y dieciséis durante el verano. Para confesarse con él había que coger turno con tres días de anticipación. Y en el confesionario conseguía conversiones impresionantes.

Desde 1830 hasta 1845 llegaron trescientas personas cada día a Ars, de distintas regiones de Francia a confesarse con el humilde sacerdote Vianney. El último año de su vida los peregrinos que llegaron a Ars fueron cien mil. Junto a la casa parroquial había varios hoteles donde se hospedaban los que iban a confesarse.

A las doce de la noche se levantaba el santo sacerdote, hacía sonar la campana de la torre, abría la iglesia y empezaba a confesar. A esa hora ya la fila de penitentes sobrepasaba de largo una manzana. Confesaba a los hombres hasta las seis de la mañana, poco después de las seis empezaba a rezar los salmos de su devocionario y a prepararse para la Santa Misa. A las siete celebraba el Santo Oficio. En los últimos años el Obispo logró que a las ocho de la mañana se tomara una taza de leche. De ocho a once confesaba a las mujeres. A las once daba una clase de catecismo para todas las personas que estaban en el templo. Eran palabras muy sencillas que les hacían inmenso bien a los oyentes.

A las doce iba a tomarse un ligerísimo almuerzo. Se bañaba, se afeitaba, y se iba a visitar un instituto para jóvenes pobres que él costeaba con las limosnas de los fieles. Por la calle la gente lo rodeaba con gran veneración y le hacían consultas.

De una y media hasta las seis seguía confesando. Sus consejos en la confesión eran muy breves, pero a muchos les leía los pecados en su pensamiento y les decía los pecados que se les habían olvidado o no habían confesado. Era recio en combatir la borrachera y otros vicios.

En el confesionario sufría mareos y a ratos le parecía que se iba a congelar de frío en el invierno y en verano sudaba copiosamente, pero seguía confesando como si nada estuviera sufriendo. Decía: "El confesionario es el ataúd donde me han sepultado estando todavía vivo". Pero ahí era donde conseguía sus grandes triunfos en favor de las almas.

Por la noche leía un rato, y a las ocho se acostaba, para de nuevo levantarse a las doce de la noche y seguir confesando.

Cuando llegó a Ars solamente iba un hombre y unas pocas mujeres a Misa. Cuando murió solamente había un hombre en Ars que no iba a Misa. Se cerraron muchas cantinas y bailes.

En Ars todos se sentían santamente orgullosos de tener un párroco modélico. Cuando él llegó a esa parroquia la gente trabajaba en domingo y cosechaba poco. Logró poco a poco que nadie trabajara en los campos los domingos y las cosechas se volvieron mucho mejores.

Siempre se creía un miserable pecador. Jamás hablaba de sus obras o éxitos obtenidos. A un hombre que lo insultó en la calle le escribió una carta humildísima pidiéndole perdón por todo, como si él hubiera sido quién hubiera ofendido al otro. El obispo le envió un distintivo elegante de canónigo y nunca se lo quiso poner. El gobierno nacional le concedió una condecoración y él no se la quiso colocar. Decía con humor: "Es el colmo: el gobierno condecorando a un cobarde que desertó del ejército". Y Dios premió su humildad con admirables milagros.

Pasaron cuarenta y un años desde el primer día en el que el cura llegó a Ars, fueron años de actividad indescriptible. Después de 1858 decía con frecuencia: "Ya nos vamos; debemos morir; y muy pronto". No cabe duda de que él sabía que su fin estaba cerca. En julio de 1859, una señora muy devota de San Etienne vino para confesarse. Cuando se despedía de él le dijo: "Nos veremos de nuevo en tres semanas", ambos murieron en ese tiempo, y se encontraron en un mundo mucho más feliz.

El mes de Julio de 1859 fue extremadamente caluroso, los peregrinos se desmayaban en grandes cantidades, pero el santo permanecía en el confesionario. El viernes 29 de julio, fue el último en el que apareció en la iglesia. Esa mañana entró en el confesionario como a la una, pero después de haberse desmayado en varias ocasiones, le pidieron que descansara. A la once dio catecismo por última vez. Esa noche con mucha dificultad pudo arrastrarse hasta su cuarto. Uno de los Hermanos le ayudó a subirse a su cama, pero el santo le pidió que le dejase solo.

Una hora después de medianoche, aproximadamente, pidió ayuda: "Es mi pobre fin, llamen a mi confesor". La enfermedad progresó rápidamente. En la tarde del 2 de Agosto recibió los últimos sacramentos: "Qué bueno es Dios; cuando ya nosotros no podemos ir más hacia Él, Él viene a nosotros".

Veinte sacerdotes con velas encendidas escoltaron al Santísimo Sacramento, pero el calor era tan sofocante que tuvieron que apagarlas. Con lágrimas en los ojos dijo: "Oh, qué triste es recibir la Comunión por última vez".

En la noche del 3 de Agosto llegó su obispo. El santo lo reconoció pero no pudo decir palabra alguna. Hacia la medianoche el fin era inminente. A las dos de la madrugada del sábado 4 de Agosto de 1859, cuando una tormenta azotaba el pueblo de Ars, el Obispo M.Monnin leía estas palabras: "Que los santos ángeles de Dios vengan a su encuentro y lo conduzcan a la Jerusalén celestial", el Cura de Ars encomendó su alma a Dios.

Su cuerpo permanece incorrupto en la iglesia de Ars.

El 8 de enero de 1905, el Papa Pío X, Beatificó al Cura de Ars; y en la fiesta de Pentecostés el 31 de mayo de 1925, en presencia de una gran multitud, el Papa Pío XI pronunció la solemne sentencia: "Nosotros declaramos a Juan María Bautista Vianney que sea santo y sea inscrito en el catálogo de los santos".




ORACIÓN
“TE AMO,  OH MI DIOS"
Autor: San Juan María Vianney

Te amo, Oh mi Dios.
Mi único deseo es amarte
Hasta el último suspiro de mi vida.
Te amo, Oh infinitamente amoroso Dios,
Y prefiero morir amándote que vivir un instante sin Ti.
Te amo, oh mi Dios, y mi único temor es ir al infierno
Porque ahí nunca tendría la dulce consolación de tu amor,
Oh mi Dios,
si mi lengua no puede decir
cada instante que te amo,
por lo menos quiero
que mi corazón lo repita cada vez que respiro.
Ah, dame la gracia de sufrir mientras que te amo,
Y de amarte mientras que sufro,
y el día que me muera
No solo amarte pero sentir que te amo.
Te suplico que mientras más cerca estés de mi hora
Final aumentes y perfecciones mi amor por Ti.
Amén.


LA  ORACIÓN,  SEGÚN EL SANTO CURA DE ARS

Hermosa obligación del hombre: orar y amar.

Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto, nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro.

El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.

La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable.

En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión.

Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada.

Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo.

En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol.

Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y creedme, que el tiempo se me hacía corto.

Hay personas que se sumergen totalmente en la oración como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con Él del mismo modo que hablamos entre nosotros.

Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la Iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: "Sólo dos palabras, para deshacerme de ti...".

Muchas veces pienso que cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.

Juan Maria Vianney
(Cura de Ars)

Fuentes: EWTN y Corazones.org



domingo, 17 de abril de 2016

Sermón del santo Cura de Ars, sobre la Comunión indigna


“Porque el que come y bebe de manera indigna, y sin discernir el cuerpo del Señor, come y bebe para su propio castigo”.
(1 Corintios 11:29)


Sí todo pecado mortal, hijos míos, le da muerte a nuestra alma, la separa de Dios para siempre, la precipita a todo tipo de desgracias, ¿a cuál estado debe pues reducirse el más horrible de todos los crímenes, que es el sacrilegio? Oh mi Dios, ¿quién es el que jamás podrá formarse una idea del estado espantoso de un alma cubierta de sacrilegios? Sí, nos dice Jesucristo, cuando ustedes vean la abominación de la desolación en el lugar santo, predicha por el profeta Daniel, compréndanlo bien; no, no, hijos míos, no eran las profanaciones que se habían cometido, y que todavía debían cometerse en el templo de Jerusalén, las que hicieron derramar las lágrimas de Jesucristo. ¡Ay! Hijos míos, habiéndose escogido el corazón del hombre para hacerlo su morada y su templo, Jesucristo preveía sin duda las profanaciones y las abominaciones desastrosas que el demonio haría por el pecado; ¡qué pensamiento triste y desconsolador para un Dios! Pero el más grande y más terrible de todos los dolores es prever que se profanaría su cuerpo adorable y su sangre preciosa.

¡Oh mi Dios! ¡Oh desgracia incomprensible! Los cristianos pueden ser bien culpables de tal crimen, ¡que el infierno jamás pudo inventar algo semejante! ¡Ay! San Pablo ya lo lamentaba en su tiempo. No pudiendo un día hacerles sentir toda la negrura de este crimen espantoso, les decía llorando amargamente: que suplicio no recibiría el portador de una mano parricida en el cuerpo de un Dios hecho hombre, que le golpeó el corazón… ¡Ah! ¡Este tierno corazón qué nos ama hasta en la cruz, y que le arrancaría la sangre de sus venas!… ¡Ah! Esta sangre adorable derramada por nosotros, que nos santificó en el santo bautismo, que nos purificó en el sacramento de la penitencia; parecería imposible encontrar castigos bastante rigurosos y cristianos capaces de tal crimen. ¡Ay! Se exclama, aquí esta uno todavía infinitamente más espantoso, es el recibir indignamente el cuerpo adorable y la sangre preciosa de Jesucristo, es profanarlo, mancharlo, envilecerlo; ¿este crimen es posible? ¡Ah! ¿Por lo menos, lo es para los cristianos? Sí, ¡hay estos monstruos de ingratitud qué llevan su furor hasta tal exceso!
Sí, hijos míos, si el buen Dios, en este momento, mostrara las comuniones de todos los que están aquí, al descubierto, ¡Ay! ¡cuántos aparecerían con su sentencia de reprobación escrita en su conciencia criminal con la sangre de un Dios hecho hombre! Este pensamiento hace estremecerse, y sin embargo nada tan común como estas comuniones indignas; ¡cuántos tienen la temeridad de acercarse a la Mesa santa con pecados escondidos y disfrazados de confesión! Cuántos no tienen este dolor que el buen Dios les pide a ellos; ¡cuántos no hacen todos sus esfuerzos para corregirse! ¡cuántos conservan una voluntad secreta de recaer sobre el pecado! Cuántos no evitan las ocasiones del pecado, pudiendo hacerlo; ¡cuántos conservan hasta la Mesa santa las enemistades en su corazón! Sondeen sus conciencias, hijos míos, y vean si ustedes nunca estuvieron en una de estas disposiciones acercándose a la comunión santa; si han tenido esta desgracia, hijos míos, ¿de cuáles términos podría pues servirme para hacerles sentir todo su horror? ¡Ah! Si me fuera permitido, iría al infierno para arrancarle a un infame y traidor Judas todavía la humeante sangre adorable de Jesucristo que profanó tan horriblemente. ¡Ah! si ustedes pudieran oír los gritos y los aullidos que lanza; ¡ah! si pudieran comprender los tormentos que aguanta a causa de su sacrilegio, morirían de espanto. ¡Ay! ¡qué será de aquellos que, posiblemente toda su vida, hicieron sólo sacrilegios! ¿los cristianos que me escuchan y que son culpables, todavía pueden vivir bien? Sí, hijos míos, el sacrilegio es el más grande de todos los crímenes, ya que ataca a un Dios y le da muerte, y nos trae a todos, las más grandes desgracias.
1– Si les hablara a idólatras o hasta a herejes, comenzaría a probarles la realidad de Jesucristo en el sacramento adorable de la Eucaristía; pero no, nadie tiene la menor duda sobre eso. ¡Ay! haría falta que para los que se acercan en malas disposiciones, Jesucristo no esté allí; pero no, está allí también para los que se atreven a presentarse con pecado en el corazón, como para los que están en estado de gracia. Quiero solamente, comenzando, citarles un ejemplo que fortificará su fe, y les dará una idea de las disposiciones que ustedes deben tener, para no profanar este gran Sacramento de amor. Se refiere, en la historia, que un sacerdote que decía la Misa santa, después de haber pronunciado las palabras de la consagración, duda si Jesucristo está realmente presente en cuerpo y en alma en la Hostia santa; en el mismo instante la Hostia santa fue totalmente teñida de sangre. Jesucristo parecía querer por tan grande milagro criticarle a su ministro su poca fe y fortalecer a los cristianos en esta verdad de fe, que está realmente presente en la santa Eucaristía. La santa Hostia vertió sangre con tanta abundancia que el corporal, los manteles del altar, y el mismo altar fueron enrojecidos. El Santo Padre, siendo informado, hizo traer a una iglesia el corporal, que se llevaba cada año el día del Corpus Christi, en gran veneración. No, hijos míos, todo esto no es necesario para ustedes, porque nadie duda de eso; pero mi intención es mostrarles mientras me sea posible el tamaño y horribilidad del sacrilegio. No, este conocimiento jamás se dará al hombre mortal; tendría que ser Dios mismo, con el fin de poder comprenderlo; sin embargo, para dáres una idea débil, les diré que el que tiene esta gran desgracia, hace un pecado que ultraja más al buen Dios que todos pecados mortales que se cometieron desde el comienzo del mundo y que los que podrán cometerse hasta el final de los siglos; si usted me pregunta la razón, es porque el sacrilegio ataca a la persona de Jesucristo mismo, mientras que otros pecados desprecian sólo sus mandamientos. Pues es completamente imposible mostrarles en toda su negrura; ¡Ay! Sin embargo, son tan comunes estos sacrilegios.

Si quisiera, hijos míos, hablarles de la muerte corporal de Jesucristo, yo solo tendría que hacerles la pintura de los tormentos que aguantó durante su vida; yo solo tendría que mostrarles este pobre cuerpo todo en colgajos, tal como estaba después de su flagelación, tal como está ahora sobre el madero de la cruz; no haría falta más para tocarles el corazón y hacerles derramar sus lágrimas. En efecto, ¿cuál es el pecador más endurecido que podría resistir y que no mezclaría sus lágrimas con esta sangre adorable? Cualquier joven, si fuera a echarme a sus pies con un Dios que llora sus pecados, rogándole en gracia que no lo mate, su corazón más duro que una roca, al que seguidamente sus lágrimas fluirían y pisoteando sus placeres, se despediría de ellos para siempre. ¿Cuál es el avaro, al que le presentaría a un Dios despojado de todas las cosas, desnudo sobre una cruz, a quien todavía podrían gustarle los bienes de este mundo? ¿Cuál es el impúdico que iría a esperar a que pase, que corre como un desesperado hacia el objeto de su pasión, si le presentara a su Dios totalmente cubierto de heridas, de sangre, pidiéndole por favor de no quitarle la vida, no caería a sus pies gritando misericordia?
¡Ay! hijos míos, la muerte que le damos a Jesucristo por la comunión sacrílega es todavía infinitamente más horrible y más dolorosa. Cuando estaba sobre la tierra, sufrió sólo un cierto tiempo, y murió sólo una vez; todavía, es su amor que lo hace sufrir y morir; pero, aquí, no es más la misma cosa. Él muere a pesar de sí mismo, y su muerte, muy lejos de ser ventajosa para nosotros como la primera vez, gira a nuestra desgracia atrayéndonos todo tipo de castigos y en este mundo y en el otro. ¡Oh mi Dios! ¡qué somos crueles hacia un Dios tan bueno! Sí, hijos míos, cuando reflexionamos sobre la conducta de este apóstol pérfido que traicionó y que vendió a su divino Maestro, que desde hace varios años, le había admitido en nombre de sus favoritos más queridos, que le había colmado de tantos beneficios, que le había dado un cargo preferentemente a otros, que había sido testigo de tantos milagros; cuando nosotros recordamos, digo, las crueldades y la barbarie de los judíos que hicieron a este divino Salvador todo lo que su rabia pudo inventar de mayor crueldad, a este divino Salvador que había venido a este mundo sólo para arrancarles de la tiranía del demonio, elevarles a la gloriosa calidad de hijos de Dios, de coherederos de su reino, podemos considerarlos sólo como monstruos de ingratitud, dignos de la execración del cielo y de la tierra y de los castigos más rigurosos que el buen Dios pueda hacer sentir a los réprobos en toda su potencia y su cólera justa.
Digo primero, hijos míos, que el que tiene la gran desgracia de comulgar indignamente, su crimen es todavía infinitamente más horrible que el de Judas que traicionó y vendió a su divino Maestro, y que el de los judíos que le crucificaron; porque Judas y los judíos todavía parecían tener alguna excusa de dudar si verdaderamente era el Salvador. Pero este cristiano, pero este desafortunado profanador, ¿puede ponerlo en duda? ¿Las pruebas de su divinidad no son bastante evidentes? ¿No saben que a su muerte todas las criaturas parecieron ablandarse, que la naturaleza entera pareció aniquilarse viendo expirar a su Creador? ¿Su resurrección no fue manifestada por una infinidad de los prodigios más sorprendentes, que no podían dejar alguna duda de su divinidad? ¿Su ascensión no se hizo en presencia de más de 500 personas, que casi todas, derramaron su sangre para sostener estas verdades? Pero el desafortunado profanador no ignora nada de todo eso, y con todos sus conocimientos traiciona y vende a su Dios y a su Salvador al demonio y le crucifica en su corazón por el pecado. Judas se sirvió de un beso de paz para entregarlo a sus enemigos; pero el indigno comulgando lleva todavía más lejos su crueldad: ¡después de haber mentido al Espíritu Santo en el tribunal de la penitencia escondiendo o disfrazando algún pecado, se atreve, este desgraciado, ir a colocarse entre los fieles destinados a comer este pan, con un respeto hipócrita sobre la frente!  ¡Ah! no, no, nada detiene a este monstruo de ingratitud; se adelanta y va a consumir su reprobación. En vano, este tierno Salvador, viéndole venir, grita del fondo de su tabernáculo como al pérfido Judas: “mi amigo, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Qué, mi amigo, vas a traicionar a tu Dios y tu Salvador por un signo de paz (Lc 22, 48)? Paren, paren, mis hijos; ¡ah! por favor, evítame. “Pero, no, no, ni los remordimientos de su conciencia, ni los reproches tiernos que hace su Dios pueden parar sus pasos criminales. ¡Ah! ¡se adelanta, va a apuñalar a su Dios y su Salvador! ¡Oh cielo! ¡qué horror! ¿pueden sostenerse bien sin temblar de este infeliz asesino de su Creador? ¡Ah! no está allí la cumbre del crimen y de la abominación en el lugar santo? ¡Ah! No, no, jamás el infierno en todo su furor pudo inventar algo semejante; no, no, las naciones idólatras jamás pudieron inventar nada semejante en odio del verdadero Dios, si lo comparamos con los ultrajes que un cristiano que comulga indignamente hace a Jesucristo.
Sin embargo, leemos en la historia unos ejemplos que hacen estremecerse. Vemos que un emperador pagano, en odio a Jesucristo, colocó a ídolos infames sobre el Calvario y sobre el Santo sepulcro, y creyó en esto que él no pudo llevar más lejos su furor hacia Jesucristo. ¡Eh! ¡gran Dios! ¡hay algo comparable con el comulgante indigno! ¡Ah! no, no, no es más entre ídolos mudos e insensibles que él coloca a su Dios, pero, ¡Ay! ¡en medio de sus pasiones infames y vivas, qué son tantos verdugos qué crucifican a su Salvador! ¡Ay! ¿qué digo? Este desgraciado une al Santo de los santos a asesinos prostituidos y le vende a la iniquidad. Sí, este desgraciado sumerge a su Dios en un infierno intenso. ¿Podemos concebir bien algo más espantoso? Sí, hijos míos, somos sobrecogidos de horror viendo en la historia las profanaciones que se han hecho a las santas Hostias. ¿Pero qué éstos, si se los comparamos a los que comulgan indignamente? ¡Oh! no, no, esto todavía no es nada.
Voy a citarles algo que les horrorizará. Se ha informado que una mujer cristiana, que era pobre, había pedido prestado de un judío una pequeña cantidad de dinero, y le había dado en prenda uno de sus vestidos. Al estar próxima la fiesta de Pascua, rogó que el judío le devolviera para ese día las cosas que se le habían dado. El judío le dice que le daría todo y las tendría si, después de haber comulgado, le aportaba la Hostia santa. Esta desgraciada, para no ser obligada a devolverle la suma, le dice que sí. Al día siguiente, fue a la iglesia, y después de haber recibido la Hostia santa en su boca, seguidamente la retira, se la pone en su pañuelo y la lleva al infeliz judío que se la había pedido sólo para ejercer su furor contra Jesucristo. Teniéndola una vez entre las manos, la trató con la máxima crueldad. Vemos que Jesucristo le mostró constantemente cuánto era sensible a los ultrajes que este desgraciado le hacía. El judío puso la Hostia santa sobre una mesa, y le dio cantidad de golpes de navaja; salió de ella una cantidad muy grande de sangre que cubrió totalmente la mesa. La tomó y la colgó de un clavo, le dio latigazos hasta que quedó satisfecho; la perforó con una lanza, salió de ella sangre como en el momento en el que fue crucificado; luego, la echó en el fuego, donde se la veía voltear aquí y allá entre las llamas sin recibir ningún daño; su rabia lo llevó a echarla en una caldera de aceite hirviendo: el líquido pareció ser convertido en sangre. La santa Hostia, en este momento, tomó la forma de Jesucristo en cruz. Este desgraciado, lleno de espanto, corre para esconderse en un reducto de su casa. Sin embargo, uno de los niños del judío que ve a cristianos que iban a la iglesia, les dice: “ustedes no deben ir mas por su Dios, mi padre lo mató.” Una mujer que escuchaba a este niño, entró en la casa, todavía viva la Hostia santa que estaba en forma de cruz; esta mujer corre para tomar un pequeño vaso; en el momento que presentó su vaso, la Hostia santa retomó su antigua forma y se colocó en el vaso que había traído. Este infeliz judío fue tan endurecido que prefirió dejarse quemar vivo que hacerse bautizar.
No podemos pensar en estos horrores sin estremecerse. ¡Ay! hijos míos, si supiéramos lo que es el sacrilegio, es decir el ultraje que hace a Jesucristo el que comulga indignamente, el solo pensamiento nos mataría de espanto. Este judío, después de haber saciado todo su furor contra Jesucristo tratando tan indignamente esta Hostia santa, luce más o menos como un pecado venial tiene semejanza con un pecado mortal, si lo comparamos con un sacrilegio que hace un mal cristiano que tiene la desgracia de acercarse a la Mesa santa sin estar en estado de gracia. ¡Ah! No, no, el infierno jamás pudo inventar nada más horrible que el sacrilegio para hacer sufrir a Jesucristo.
2 ° Yo digo que a la perfidia de Judas al indigno comulgante se añade la ingratitud, el furor y la malicia de los judíos. Escuchemos el tierno reproche que Jesucristo les hacía a los judíos (Jn 10, 32): ”¿por qué me persiguen? ¿Esto es porque alumbré a los ciegos, enderecé a los cojos, devolví la salud a los enfermos, resucité a los muertos? ¿Es pues un crimen haberles querido tanto?”. Tal es el lenguaje que Jesucristo les envía a los profanadores de su cuerpo adorable y de su sangre preciosa. Todavía, nos dice por la boca de uno de sus profetas (Sal 54, 13-14), si este ultraje y esta afrenta me hubieran sido hechos por enemigos o por idólatras que jamás tuvieron la felicidad de conocerme, o hasta por herejes nacidos en el error, esto me habría sido menos sensible; pero ustedes, nos dice, a los que coloqué en el seno de mi Iglesia, ustedes a los que enriquecí de mis dones más preciosos; ¡ustedes por el Bautismo, se habían hecho mis hijos, los herederos de mi reino!… ¡Que! mis hijos, ciertamente ustedes se atreven a ultrajarme con el sacrilegio más horrible; ¡qué! mis hijos, ustedes todavía pueden golpear el corazón del mejor de todos los padres, que les quiso hasta la muerte. ¡Eh qué! ¡Ingratos, ustedes todavía no están satisfechos con todas las crueldades que se ejercieron sobre mi cuerpo inocente durante mi pasión dolorosa! ¿Olvidaron el estado lamentable al que fui reducido después de mi flagelación dolorosa y sangrienta, donde mi cuerpo fue semejante a un pedazo de carne cortada? ¡Eh qué! Ingratos, ustedes olvidaron los sufrimientos que sentí llevando mi cruz; ¿tantos pasos, tantas caídas, y tanta vez levantado a patadas? ¿Olvidaron que era para arrancarles del infierno y abrirles el cielo que morí sobre el madero infame de la cruz? ¡Ah! mis hijos, ¿todavía no están conmovidos? ¿Podía llevar más lejos mi amor por ti? Paren, mis hijos. ¡Ah! por favor, perdona la vida a tu Dios que te quiso tanto; ¿por qué quieres darme una segunda vez la muerte, recibiéndome con pecado en tu corazón?
Dígame, ¿quién de nosotros tendría el coraje, después de reproches tan tiernos y enamorado de su Dios, que todavía podría tener la rabia de ir a presentarse a la Mesa santa con una conciencia manchada por pecados? ¡Mi Dios, que puede entender la ceguera de esos desgraciados! ¡Ah! Si todavía, antes de levantarse para ir a matar a su Dios, pensaran en estas palabras terribles de san Pablo, que van a incorporar su juicio y su condena (1 Cor 11, 29), ¿se atreverían a llevar bien su audacia hasta tal exceso? ¿Este Dios de amor habría podido pensar, no digo de los que no tienen la felicidad de conocerlo, sino que cristianos todavía no están satisfechos por lo que los judíos le hicieron aguantar durante su pasión dolorosa? ¿En el Calvario, habría pensado que el mayor número de los cristianos se haría su verdugo, atentaría hasta sus días, y lo crucificaría en su corazón recibiéndole en su conciencia manchada por pecados? Escuche lo que nos dice por la boca de un profeta: ¿Curará un alma que le gustan sus heridas, es decir sus pasiones? ¿Inflamará del ardor de su amor un corazón que arde del amor profano del mundo? No, no, dice, con todo lo Dios que sea, jamás lo hará.
Sí, hijos míos, Jesucristo, en un corazón criminal, está sin acción y sin movimiento, de modo que el que es bastante desgraciado de comulgar indignamente, la muerte espiritual que le da a su Dios es todavía más sorprendente que la que aguantó sobre la Cruz. En efecto, hijos míos, si los judíos lo persiguieron de manera tan indigna, fue por lo menos sólo durante su vida mortal, pero el indigno comulgando lo ultraja en la estancia de su gloria. Si la muerte de Jesucristo sobre el Calvario pareció tan violenta y tan dolorosa, por lo menos la naturaleza entera parecía expresar su dolor, y las criaturas más insensibles aparecieron ablandarse y parecían en esto querer compartir sus sufrimientos. Pero aquí, nada de todo eso aparece, es insultado, es ultrajado, magullado; ¡oh! ¿Qué digo? Es degollado por una nada vil; todo está en el silencio y todo parece insensible a sus sufrimientos. El sol no se eclipsa en absoluto, la tierra no tiembla, el altar no se vuelca; ¿este Dios de bondad tan indignamente ultrajado no puede quejarse a título más justo que sobre el madero de la Cruz en el que está abandonado? no debería exclamar: “¡Ah! Mi Padre, ¿por qué me abandonó al furor de mis enemigos, hace falta que muera a cada instante?” Pero, mi Dios, ¿cómo un cristiano puede tener el coraje de ir a la Mesa santa con pecado en el corazón para darle muerte a su Dios?… ¡Mi Dios, qué desgracia! No, no, el infierno en su furor jamás pudo inventarle nada más ultrajante a Jesucristo que el sacrilegio cometido por los cristianos.
Pero, me dirán, ¿quiénes son pues los que tienen esta gran desgracia? –¡Ay!, hijos míos, ¡que el número de ellos es grande!– Pero, me dirán, ¿quién podría pues ser capaz de eso? – ¿quién podría ser capaz de eso? Es usted, mi amigo, usted confesó sus pecados con tan poco dolor como una historia indiferente. ¿Quién es culpable? Mi amigo usted sabe que después de sus confesiones vuelve a caer con la misma facilidad; que no se percibe ningún cambio en su manera de vivir; ¿tiene siempre los mismos pecados que hay que decir en todas sus confesiones? ¿Quién es el culpable? Es usted, miserable, usted cerró la boca antes de haber confesado sus pecados. ¿Quién es el culpable? Es usted, pobre ciego, usted ha comprendido bien que no decía sus pecados como los conoce. Dígame, ¿por qué en este estado se atreve a ir a la Mesa santa? –Es, díganlo, porque quiero hacer mi Pascua, quiero comulgar–. Usted quiere comulgar: pero, infeliz, ¿dónde quiere poner a su Dios? ¿Es en sus ojos, que usted manchó con tantas miradas impuras y adúlteras? Usted quiere comulgar: pero ¿dónde pondrá pues a su Dios? ¿Es en sus manos, que usted manchó con tantos toques infames? Usted quiere comulgar: pero ¿dónde va a poner a su Dios? ¿Es en su boca y sobre su lengua? ¡Eh! Gran Dios, ¡una boca y una lengua que usted profanó tantas veces con besos impuros! Usted quiere comulgar: pero ¿dónde espera pues colocar a su Dios? ¿Es en su corazón? ¡Oh horror! ¡Oh abominación! Un corazón que es oscurecido y ennegrecido por el crimen, semejante a un tizón, que desde hace quince días o tres semanas rueda en el fuego. Usted quiere comulgar, mi amigo; ¿quiere hacer su Pascua? Vamos, levántate, avanza, infeliz; cuando Judas, el infame Judas, hubo vendido a su divino Maestro, fue como un desesperado, tanto que no aceptó la entrega a los verdugos para hacerlo condenar a muerte. Adelante, infeliz, levántate, acabas de vendérselo al demonio, al tribunal de la penitencia, escondiendo y disfrazando tus pecados, marcha, desgraciado, entregarle al demonio. ¡Ah! gran Dios, ¿tus nervios podrán sostener bien este cuerpo que va a cometer el más grande de todos los crímenes? Levántese, infeliz, avance, ya que el Calvario está en su corazón, y la víctima esta delante de usted, marche siempre, deje gritar su conciencia, trate solamente de sofocar los remordimientos tanto como usted pueda. Vaya, desgraciado, siéntese a la Mesa santa, va a comer el pan de los ángeles; pero, antes de abrir tu boca manchada por tantos crímenes, escucha lo que va a decirte el gran santo Cipriano, y verás la recompensa de tus sacrilegios. Una mujer, nos dice, que se atrevió a presentarse a la Mesa santa con una conciencia manchada por pecados, en el momento cuando le daba la comunión santa, un golpe de rayo del cielo le cayó encima y le fulminó a mis pies. ¡Ay! mi Dios, ¿cómo puede una persona que es culpable ir a la comunión santa para cometer el más grande todos los sacrilegios? Sí, hijos míos, san Pablo nos dice que, si los judíos hubieran conocido a Jesucristo por el Salvador, jamás le habrían hecho sufrir, ni morir (1 Cor 2, 8); pero usted, mi amigo, ¿puede ignorar al que va a recibir? Si usted no pensaba en eso, escuche al sacerdote que le grita en voz alta: “he aquí el Cordero de Dios, he aquí Aquel quien borra los pecados del mundo.” Es santo, es puro. Si usted es culpable, infeliz, no avance: sino, tiemble que los rayos del cielo vienen para precipitarse en su cabeza criminal para castigarle y echar su alma en el infierno.
1–No, no, hijos míos, no hablo aquí de los dolores temporales que los sacrilegios atraen en el mundo; voy a pasar en silencio los castigos espantosos que los judíos probaron después de haber matado a Jesucristo. La sola historia hace estremecerse: se degollaban unos a otros; las calles fueron cubiertas de cadáveres, la sangre fluía por las calles como el agua de un río; el hambre fue tan grande que las madres llegaron hasta comer a sus niños.

San Juan Damasceno nos dice que el sacrilegio es un crimen tan espantoso, que un solo sacrilegio es capaz de atraer todo tipo de desgracias en el mundo; nos dice que es principalmente sobre los profanadores que Jesucristo verterá durante toda la eternidad la hiel de su furor. Aquí está un ejemplo que va a mostrarles el estado de un profanador a la hora de la muerte. Se dice que un pobre desgraciado que había hecho comuniones sacrílegas durante su vida, vio a un demonio que se le acercó diciéndole: porque comulgaste indignamente durante tu vida, recibirás hoy la comunión de mi mano; este pobre desgraciado exclamó: ¡Ay! la venganza de Dios está sobre mí, y murió en la desesperación pronunciando estas palabras. Sí, hijos míos, si pudiéramos formarnos una idea de la magnitud del sacrilegio, moriríamos más bien mil veces que cometerlo. En efecto, un cristiano que es tan desgraciado de comulgar indignamente, es culpable del más detestable de todos los sacrilegios, de la más negra de todas las ingratitudes; digamos mejor, envenena su corazón, mata su alma, le abre la puerta de su corazón al demonio, y voluntariamente se hace su esclavo. Sí, hijos míos, el horror de su sacrilegio viene de lo que profana, no un lugar o un vaso santo, sino un cuerpo que es la fuente de toda santidad, que es el de Jesucristo. La enormidad de su ingratitud resulta en que ultraja a su bienhechor por el más señalado de sus beneficios; y mucho más, se sirve de mismo para ultrajarlo. La comunión sacrílega es semejante a una espada muy aguda que hunde en sus entrañas, lo envenena como Judas fue envenenado por la suya, le da al demonio pleno poder de apresarlo después de haber recibido la comunión, por consiguiente, no debería, hijos míos, atreverse a hacerlo así. Le sería preferible nunca comulgar indignamente ya que no aporta provecho, ni placer, ni honor; pero causa el daño más grande, de muy crueles remordimientos de conciencia y una infamia eterna. San Cipriano dice que una mujer, saliendo de comulgar indignamente, fue apresada por el demonio que le atormentó tan horriblemente, que ella misma fue su verdugo; después de haberse cortado la lengua, murió…
Oh mi Dios, un cristiano puede tener bien el coraje de ir a la Mesa santa teniendo pecados ocultos, o unos pecados de los cuales no quiere corregirse, o si usted quiere, ¿los que a pesar de tantas comuniones pasadas no cambia de vida?  Mi Dios, ¡que el hombre es ciego! ¡Ay! Esto será sólo en el día del juicio que veremos todas estas abominaciones. Escuchen a san Pablo, hablando a los Corintios (1 Cor 2, 8): “ustedes se presentan, les decía, a la mesa del Señor, con tan poco respeto y religión como si ustedes se presentaran a una mesa profana; ustedes van a comer el pan de los ángeles con tan poca decencia como si ustedes comieran pan material; ¿pueden asombrarse si ustedes son agobiados por tantos dolores?”. ¡Ay! Hijos míos, reconozcamos llorando sinceramente, que, si somos agobiados por tantas desgracias y tantos castigos, son sólo los sacrilegios que son la fuente verdadera. ¡Qué de guerras, qué de hambrunas, qué de enfermedades y de muertes súbitas! Insensatos, quienes atribuyen todo esto al azar, abran los ojos, y ustedes reconocerán que son sólo sus sacrilegios. Sí, hijos míos, si pudiera describirles todas las consecuencias de un sacrilegio, ni uno de ustedes se atrevería a comulgar. Es narrado por san Godofredo, que era obispo de Amiens, que les había prohibido a todos los sacerdotes dar la absolución durante las fiestas de Pascua a todos los que habían comido carne durante la cuaresma. Un libertino, que era culpable de este delito, es decir que había comido carne, tomó el vestido de una mujer con el fin de engañar a su confesor. Este artificio le resulta, pero para su desgracia: porque él no hubiera recibido el cuerpo de Jesucristo, una fuerza invisible lo derribó, comenzó a espumar como una persona rabiosa, revolviéndose por tierra y murió en su furor. No, no, hijos míos, cualesquiera que sean los espantos que las comuniones indignas puedan poner en el corazón del hombre por los castigos espantosos que nos atraen, todavía no es nada si se los comparamos a aquellos a los que Jesucristo ejerce sobre las almas; y estos castigos son ordinariamente el endurecimiento durante la vida y la desesperación a la hora de la muerte. El buen Dios, en castigo de sus abominaciones, abandona a este desgraciado a su ceguera; el demonio que le engañó durante su vida, le deja percibir sólo en el momento cuando prevé que el buen Dios lo abandona; va de crimen en crimen, de sacrilegio en sacrilegio, acaba por no pensar más en eso, se traga la iniquidad como el agua; por fin, a pesar de todo el tiempo y los socorros, muere en el sacrilegio como vivió. Aquí está un ejemplo muy sorprendente, narrado por un judío que se enteró de un sacerdote al que esto había ocurrido. El Padre Lejeune, cuando estaba en una misión cerca de Bruselas, narra un relato que nos dice tener de la boca del que fue testigo. Nos dice que había cerca de una ciudad de Bruselas, una pobre mujer devota que, con los ojos del mundo, cumplía perfectamente bien sus deberes de religión. La gente la consideraba como una santa; pero la pobre desgraciada escondía siempre un pecado vergonzoso que había cometido en su juventud. Después de agravarse por la enfermedad de la que murió, estaba como desvanecida por un momento, y habiendo recobrado el conocimiento, llama a su hermana que la servía, diciéndole: “Mi hermana, soy condenada. “Esta pobre chica se acercó a su cama y le dice: “mi hermana, usted sueña, despiértese y encomiéndese al buen Dios.” – “Yo no sueño en absoluto, le dice, sé bien lo que digo; acabo de ver el sitio que me es preparado en el infierno. “Su hermana corre prontamente para buscar al señor cura. Él no estaba allí, su hermano, que era su vicario, vino rápidamente a su casa para ver a la pobre enferma; y es a partir de él, nos dice el Padre Lejeune, que me enteré sobre los detalles, haciendo una misión. Acompañándonos, nos mostró la casa donde estaba esta pobre mujer; a todos nos hizo llorar contándonos los detalles. Nos dice que, habiendo entrado en la casa, se acercó a la enferma: “¡pues bien! mi estimada, ¿pues qué vió que le pareció tan horroroso?”. –“Señor, le respondió, estoy condenada; acabo de ver el sitio que me es preparado en el infierno, porque en otro tiempo, había cometido tal pecado.” Ella lo reconoció delante de todos los que estaban en la habitación. “¡Eh! mi estimada, dígamelo en confesión, y le absolveré de eso.”  – “Señor, le dice, estoy condenada.” – “Pero, le dice el sacerdote, usted todavía vive y está en el camino de la salvación; si usted quiere, le daré una carta firmada con mi sangre por la cual me obligaré, alma por alma, a ser condenado por usted en caso de que usted lo fuera, si usted le quiere pedir perdón a Dios y confesarse.” – El sacerdote estuvo tres días y tres noches en llanto cerca de esta enferma, sin poder convencerle de hacer solamente un acto de contrición ni confesarle; al contrario, un momento antes de morir, renegó del buen Dios, renunció a su bautismo y se le consagró al demonio. Oh mi Dios, ¡qué desgracia! Esto les asombra, sin duda, que muera así, pudiendo reparar tan bien el dolor que había hecho; pero mí, esto no me asombra, porque el sacrilegio es el más grande de los crímenes, bien se merece estar abandonado por el buen Dios y de no saber aprovechar ni el tiempo, ni las gracias.
Sí, hijos míos, el sacrilegio parece tan horrible que parece imposible que los cristianos puedan ser culpables de tal crimen; y sin embargo, nada tan común. Echemos una ojeada sobre las comuniones, ¡cuánto no nos encontramos de confesiones y de comuniones hechas por respeto humano! ¡Cuánto por hipocresía, por costumbre! ¡cuánto que, si la Pascua ocurriera sólo cada treinta años, así comulgarían, ¡ay! Jamás… Cuántos otros, los que no ven venir este tiempo tan precioso con penalidades, y los que se acercan a eso sólo porque otros lo hacen, y no para agradar a Dios y alimentar su pobre alma. Prueba muy evidente, hijos míos, que estas confesiones y comuniones no valen nada, ya que no se ve en absoluto cambio en su manera de vivir. ¿Los vemos después de la confesión más dulces, más pacientes en sus penas y las contradicciones de la vida, más caritativos, más transportados a esconder y a excusar las faltas de sus hermanos? No, no, hijos míos, no es más cuestión de cambio en su conducta; ellos han pecado hasta ahora, continúan. ¡Oh! Desgracia espantosa, ¡pero bien poco conocida por la mayoría de los cristianos! ¡Oh mi Dios!, ¿habrías pensado que tus hijos llevaran tal exceso de furor contra ti? No, no, hijos míos, esto no es sin razón, que se coloca un crucifijo sobre la mesa de la comunión, ¡ay! ¡Qué de veces es crucificado en la Mesa santa! Míralo bien, mi alma, tú que te atreves a plantar el puñal en este corazón que nos ama más que a sí mismo; míralo bien, es tu Juez, El que debe fijar tu morada para la eternidad. Sondee bien su conciencia; si usted está en mal estado, desgraciado, no avance. Sí, Jesucristo es resucitado de la muerte natural, y no morirá más; pero esta muerte que usted le da con sus comuniones indignas, ¡ah! ¿Cuándo acabará? ¡Oh qué larga agonía! estando sobre la tierra, había sólo un calvario para crucificarlo; pero aquí, ¡tantos corazones, tantas cruces donde es atado! ¡Oh paciencia de mi Dios, que eres grande, de sufrir tantas crueldades sin decir una sola palabra, hasta para quejarte, siendo tratado tan indignamente por una criatura vil, por la cual sufrió ya tanto! ¿Quieren, hijos míos, saber qué hace el que comulga indignamente? escúchenlo bien, con el fin de que ustedes puedan comprender la grandeza de su atrocidad hacia Jesucristo. Que dirían, hijos míos, de un hombre cuyo padre fue conducido a un lugar para ser ejecutado a muerte, si no se encuentra allí palo de horca para amarrarlo, se dirija a los verdugos, diciéndoles: Ustedes no tienen palo de horca, he aquí mis brazos, ¿les sirve para colgar de ahí a mi padre? Ustedes no podrían ver tal acción de barbarie sin estremecerse de horror, habría sin duda mucho con qué. ¡Pues bien! hijos míos, si me atreviera, les diría que esto todavía no es nada, si lo comparamos con el crimen espantoso que comete el que comulga indignamente. En efecto, ¿cuáles son los beneficios que un padre hace a su hijo, si los comparamos con lo que Jesucristo hizo por nosotros? Díganme, hijos míos, si ustedes hacen estas reflexiones antes de presentarse a la Mesa santa, tendrían el coraje de ir allá sin examinar bien lo que van a hacer. ¿Se atreverían a ir bien allá con pecados ocultos y disfrazados, confesados sin contrición y sin deseo de dejarlos? Aquí esta lo que ustedes dicen al demonio, cuando ustedes son tan ciegos y tan temerarios: no hay cruz, ni calvario como en otro tiempo; pero encontré algo que puede suplirlo. –¿Qué? les dice el demonio, totalmente asombrado de tal propuesta. –Es, díganle, mi corazón. Estén preparados, voy a aferrarme de él; Él les precipitó a los infiernos, vénganse a su gusto, degüéllenlo sobre esta cruz. –Oh mi Dios, ¿podemos pensar en esto sin estremecerse de horror? Sin embargo, es lo que hace el que comulga indignamente. ¡Ah! no, no, el infierno en todo su furor jamás pudo inventar nada semejante. No, no, si hubiera mil infiernos para un solo profanador, esto no sería nada, si lo comparamos con la grandeza de su crimen.” ¿Que hace, nos dice san Pablo, el que comulga indignamente? ¡Ay! este desgraciado, bebe y come a su juez y su juicio.” Estaba bien visto, según las leyes, leerles bien a los criminales su condena, pero ¿alguien alguna vez ha visto hacerles comer su sentencia de condena, y de esta manera, de su condenación y de ellos mismos hacer sólo la misma cosa? ¡Oh desgracia espantosa! no está escrito en el papel el juicio de condena de los profanadores, sino en su propio corazón. A la hora de la muerte, Jesucristo descenderá, con una antorcha en la mano, en estos corazones sacrílegos, encontrará allí su sangre adorable tantas veces profanada, que exigirá venganza. Oh divino Salvador, ¿la ira y el poder de su Padre será lo bastante poderosa para fulminar a estos infelices Judas en lo más hondo de los abismos? ¡Pues bien! Hijos míos, ¿entendieron lo que es una comunión indigna, esa que confiesan con tan poca preparación, dan allí menos cuidados que los que darían para el asunto más común y más indiferente? Díganme, hijos míos, para estar tranquilos como ustedes lo parecen, ¿están muy seguros que todas sus confesiones y sus comuniones han sido acompañadas por todas las disposiciones necesarias para ser buenas y hacer segura su salvación? ¿Detestaron bien sus pecados? ¿Los lloraron bien? ¿Hicieron penitencia bien? ¿Tomaron bien todos los medios que el buen Dios les inspiró para no recaer más? Vuelva, mi amigo, sobre sus años pasados, examine todas las confesiones y las comuniones que no han sido acompañadas por ninguna enmienda, punto de cambio en su vida. Tome la antorcha en la mano, usted mismo, para ver el estado de su alma, antes de que Jesucristo mismo se lo muestre para juzgarle y condenarle para siempre. Estremézcanse, hijos míos, sobre esta gran incertidumbre de la validez de tantas confesiones y comuniones; una sola cosa debe impedirle caer en la desesperación, es que usted vive y que el buen Dios le ofrece su gracia para salir de este abismo cuya profundidad es infinita, y que para esto no hace falta nada menos que el poder de Dios. ¡Ay! hijos míos, ¡qué de cristianos que ahora arden en los infiernos, que oyeron las mismas cosas que ustedes hoy entienden, pero que no quisieron sacar provecho de eso, aunque su conciencia gritaba! ¡Pero, ¡Ay! quisieron salir de eso cuando no pudieron, y cayeron en los infiernos. ¡Ay! ¡cuántos entre aquellos que me escuchan que están en este número, que tendrán la misma suerte! Mi Dios, es muy posible conocer su estado y no querer salir de eso. – Pero, me dirán, ¿quién se atreverá pues a acercarse a la Mesa santa, y que se atreva a esperar haber hecho una buena comunión en su vida? ¿Podremos levantarnos bien para ir a la Mesa santa, no va a parecer que una mano invisible va a rechazarme y a golpearme de muerte? Mi amigo, para esto no le digo nada; sondee su conciencia, y vea en cual estado está; vea si saliendo de la Mesa santa usted aparecería con confianza delante del tribunal de Jesucristo. Pero, me dirán, vale más dejar todo que de exponerse a un tal crimen. Mi amigo, consagrándosele una idea del tamaño del sacrilegio, esto no fue mi intención de alejarle de la comunión santa, sino solamente de hacer abrir los ojos a los que están en este número, para reparar el dolor que hicieron, mientras es tiempo, y para llevar a los que tienen la esperanza de estar exentos de este crimen espantoso, a aportar  todavía disposiciones más perfectas.
¿Qué debemos concluir, hijos míos, de todo esto? Aquí está: es hacer nuestras confesiones y nuestras comuniones como nos gustaría hacerlas a la hora de la muerte, cuando apareceremos delante del tribunal de Jesucristo, con el fin de que, haciéndolo bien siempre, tengamos el cielo como recompensa. Esto es lo que les deseo.

Santo Cura de Ars


jueves, 31 de diciembre de 2015

Reflexiones para la natividad, del Santo Cura de Ars


¿A un moribundo sumamente apegado a la vida puede acaso dársele más dichosa nueva que decirle que un médico hábil va a sacarle de las puertas de la muerte? Pues infinitamente más dichosa, es la que el ángel anuncia a todos los hombres en la persona de los pastores. Sí, el demonio había inferido, por el pecado, las más crueles y mortales heridas a nuestras pobres almas. Había plantado en ellas las tres pasiones más funestas, de donde dimanan todas las demás, que son el orgullo, la avaricia, la sensualidad. Habiendo quedado esclavos de estas vergonzosas pasiones, éramos todos nosotros como enfermos desahuciados, y no podíamos esperar más que la muerte eterna, si Jesucristo, nuestro verdadero médico, no hubiese venido a socorrernos. Pero no, conmovido por nuestra desdicha, dejó el seno de su Padre y vino al mundo, abrazándose con la humillación, la pobreza y los sufrimientos, a fin de destruir la obra del demonio y aplicar eficaces remedios a las crueles heridas que nos había causado esta antigua serpiente. Sí, Hermanos Míos; viene este tierno Salvador para curarnos de todos estos males, para merecernos la gracia de llevar una vida humilde, pobre y mortificada; y, a fin de mejor conducirnos a ella, quiere Él mismo darnos ejemplo. Esto es lo que vemos de una manera admirable en su nacimiento. Vemos que Él nos prepara: 1º con sus humillaciones y obediencia, un remedio para nuestro orgullo; 2º con su extremada pobreza, un remedio a nuestra afición a los bienes de este mundo, y 3º con su estado de sufrimiento y de mortificación, un remedio a nuestro amor a los placeres de los sentidos. Por este medio Hermanos Míos; nos devuelve la vida espiritual que el pecado de Adán nos había arrebatado; o por mejor decir, viene a abrirnos las puertas del cielo que el pecado nos había cerrado. Conforme a esto Hermanos Míos; pensad vosotros mismos cuál debe ser el gozo y la gratitud de un cristiano a la vista de tantos beneficios. ¿Se necesita más para movernos a amar a este tierno y dulce Jesús, que viene a cargar con todos nuestros pecados, y va a satisfacer a la justicia de su Padre por todos nosotros? ¡Oh, Dios mío!,¿puede un cristiano considerar todas estas cosas sin morir de amor y gratitud?

I– Digo, pues Hermanos Míos; que la primera llaga que el pecado causó en nuestra alma es el orgullo, esa pasión tan peligrosa, que consiste en el extremado amor y estima de nosotros mismos, el cual hace: 1º que no queramos depender de nadie ni obedecer; 2º que nada temamos tanto como vernos humillados a los ojos de los hombres; 3º que busquemos todo lo que nos puede ensalzar en su estimación. Pues bien, Hermanos Míos; vean lo que Jesucristo viene a combatir en su nacimiento por la humildad más profunda.

No solamente quiere Él depender de su Padre celestial y obedecerle en todo, sino que quiere también obedecer a los hombres y en alguna manera depender de su voluntad. En efecto: el emperador Augusto ordena que se haga el censo de todos sus súbditos, y que cada uno de ellos se haga inscribir en el lugar donde nació. Y vemos que, apenas publicado este edicto, la Virgen Santísima y San José se ponen en camino, y Jesucristo, aunque en el seno de su madre, obedece con conocimiento y elección esta orden. Decidme Hermanos Míos; ¿podemos encontrar ejemplo de humildad más grande y más capaz de movernos a practicar esta virtud con amor y diligencia? ¡Qué!, ¡un Dios obedece a sus criaturas y quiere depender de ellas, y nosotros, miserables pecadores, que, en vista de nuestras miserias espirituales, debiéramos escondernos en el polvo, podemos aun buscar mil pretextos para dispensarnos de obedecer los mandamientos de Dios y de su Iglesia a nuestros superiores, que ocupan en esto el lugar del mismo Dios! ¡Qué bochorno para nosotros Hermanos Míos; si comparamos nuestra conducta con la de Jesucristo! Otra lección de humildad que nos da Jesucristo es la de haber querido sufrir la repulsa del mundo. Después de un viaje de cuarenta leguas, María y José llegaron a Belén. ¡Con qué honor no debía ser recibido Aquel a quien esperaban hacía cuatro mil años! Más como venía para curarnos de nuestro orgullo y enseñarnos la humildad, permite que todo el mundo le rechace y nadie le quiera hospedar. Ved, pues Hermanos Míos; al Señor del universo, al Rey de cielos y tierra despreciado, rechazado de los hombres, por los cuales viene a dar la vida a fin de salvarnos. Preciso es, pues, que el Salvador se vea reducido a que unos pobres animales le presten su morada. ¡Dios mío!, ¡qué humildad y qué anonadamiento para un Dios! Sin duda, Hermanos Míos; nada nos es tan sensible como las afrentas, los desprecios y las repulsas; pero si nos paramos a considerar los que padeció Jesucristo, ¿podremos nunca quejarnos, por grandes que sean los nuestros? ¡Qué dicha para nosotros, Hermanos Míos; tener ante los ojos tan hermosos modelo, al cual podemos seguir sin temor de equivocarnos!


Digo que Jesucristo, muy lejos de buscar lo que podía ensalzarle en la estima de los hombres, quiere, por el contrario, nacer en la oscuridad y en el olvido; quiere que unos pobres pastores sean secretamente avisados de su nacimiento por un ángel, a fin de que las primeras adoraciones que reciba vengan de los más humildes entre los hombres. Deja en su reposo y en su abundancia a los grandes y a los dichosos del siglo, para enviar sus embajadores a los pobres, a fin de que sean consolados en su estado, viendo en un pesebre, tendido sobre un manojo de paja, a su Dios y Salvador. Los ricos no son llamados sino mucho tiempo después, para darnos a entender que de ordinario las riquezas y comodidades suelen alejarnos de Dios. Después de tal ejemplo, ¿podremos, Hermanos Míos; ser ambiciosos y conservar el corazón henchido de orgullo y lleno de vanidad? ¿Podremos todavía buscar la estimación y el aplauso de los hombres, si volvemos los ojos al pesebre? No nos parecerá oír al tierno y amable Jesús que nos dice a todos: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón». Gustemos, pues, Hermanos Míos; de vivir en el olvido y desprecio del mundo; nada temamos tanto, nos dice San Agustín, como los honores y las riquezas de este mundo, porque, si fuera permitido amarlas, las hubiera amado también Aquél que se hizo hombre por amor nuestro. Si Él huyó y despreció todo esto, nosotros debemos hacer otro tanto, amar lo que Él amó y despreciar lo que Él despreció: tal es, Hermanos Míos; la lección que Jesucristo nos da al venir al mundo, y tal es, al propio tiempo, el remedio que aplica a nuestra primera llaga, que es el orgullo. Pero hay, en nosotros una segunda llaga no menos peligrosa: la avaricia.



II– Digo, hermanos míos; que la segunda llaga que el pecado ha abierto en el corazón del hombre, es la avaricia, es decir, el amor desordenado de las riquezas y bienes terrenales. ¡Ay Hermanos Míos! ¡Qué estragos causa esta pasión en el mundo! Razón tiene San Pablo en decirnos que ella es la fuente de todos los males. ¿No es, en efecto, de este maldito interés de donde vienen las injusticias, las envidias, los odios, los perjurios, los pleitos, las riñas, las animosidades y la dureza para con los pobres? Según esto, hermanos míos; ¿podemos extrañarnos de que Jesucristo, que viene a la tierra para curar las pasiones de los hombres, quiera nacer en la más grande pobreza y en la privación de todas las comodidades, aun de aquellas que parecen necesarias a la vida humana? Y por esto vemos que comienza por escoger una Madre pobre y quiere pasar por hijo de un pobre artesano; y, como los profetas habían anunciado que nacería de la familia real de David, a fin de conciliar este noble origen con su grande amor a la pobreza, permite que, en el tiempo de su nacimiento, esta ilustre familia haya caído en la indigencia. Va todavía más lejos. María y José, aunque hartó pobres, tenían, con todo, una pequeña casa en Nazaret; esto era todavía demasiado para Él: no quiere nacer en un lugar que le pertenezca; y por esto obliga a su santa Madre, a que haga con José un viaje a Belén en el tiempo preciso en que ha de ponerle en el mundo. ¿Pero a lo menos en Belén, patria de su padre David, no hallará parientes que le reciban en su casa? Nada de esto, nos dice el Evangelio; no hay quien le quiera recibir; todo el mundo le rechaza so pretexto de que es pobre. Decidme, hermanos míos; ¿a dónde irá este tierno Salvador, si nadie le quiere recibir para resguardarle de las inclemencias de la estación? No obstante, queda todavía un recurso: irse a una posada. José y María se presentan, en efecto. Pero Jesús, que todo lo tenía previsto, permitió que el concurso fuese tan grande que no quedase ya sitio para ellos. ¡Oh hermanos míos! ¿A dónde irá, pues, nuestro amable Salvador? San José y la Santísima Virgen, buscando por todos los lados, divisan una vieja casucha donde se recogen las bestias cuando hace mal tiempo. ¡Oh, cielos!, ¡asombraos! ¡Un Dios en un establo! Podía escoger el más espléndido palacio; mas, como ama tanto la pobreza, no lo hará. Un establo será su palacio, un pesebre su cuna, un poco de paja su lecho, míseros pañales serán todo su ornamento, y pobres pastores formarán su corte.

Decidme, ¿podía enseñarnos de una manera más eficaz el desprecio que debemos tener a los bienes y riquezas de este mundo, y, al propio tiempo, la estima en que hemos de tener la pobreza y a los pobres? Venid, miserables, dice San Bernardo, ¡venid vosotros, todos los que tenéis el corazón apegado a los bienes de este mundo, escuchad lo que os dicen este establo, esta cuna y estos pañales que envuelven a vuestro Salvador! ¡Ah! ¡Desdichados de vosotros los que amáis los bienes de este mundo! ¡Ay! ¡Cuán difícil es que los ricos se salven! ¿Por qué?, —me preguntaréis—, ¿Por qué, hermanos míos? Os lo diré:

1º Porque ordinariamente la persona rica está llena de orgullo; es menester que todo el mundo le haga acatamiento; es menester que las voluntades de todos los demás se sometan a la suya.

2º Porque las riquezas apegan nuestro corazón a la vida presente: así vemos todos los días que los ricos temen en gran manera la muerte.

3º Porque las riquezas son la ruina del amor de Dios y extinguen todo sentimiento de compasión para con los pobres, o por mejor decir, las riquezas son un instrumento que pone en juego todas las demás pasiones. ¡Ay, hermanos míos! Si tuviésemos abiertos los ojos del alma, ¡cuánto temeríamos que nuestro corazón se apegase a las cosas de este mundo! ¡Ah! Si los pobres llegaran a entender bien cuánto los acerca a Dios su estado y de qué modo les abre el cielo, ¡cómo bendecirían al Señor por haberlos puesto en una posición que tanto les aproxima a su Salvador!

Si ahora me preguntáis: ¿cuáles son esos pobres a quienes tanto ama Jesucristo? Son, hermanos míos; los que sufren su pobreza con espíritu de penitencia, sin murmurar y sin quejarse. Sin esto, su pobreza no les serviría sino para hacerlos aún más culpables que los ricos. Entonces, —me diréis—, ¿qué han de hacer los ricos para imitar a un Dios tan pobre y despreciado? Os lo diré: no han de apegar su corazón a los bienes que poseen; han de emplear esos bienes en buenas obras en cuanto puedan; han de dar gracias a Dios por haberles concedido un medio tan fácil de rescatar sus pecados con sus limosnas; no han de despreciar nunca a los que son pobres, antes, al contrario, han de respetarlos viendo en ellos una gran semejanza con Jesucristo. Así es como, con su gran pobreza, nos enseña Jesucristo a combatir nuestro apego a los bienes de este mundo; por ella nos cura la segunda llaga que nos ha causado el pecado. Pero nuestro tierno Salvador quiere todavía curarnos una tercera llaga producida en nosotros por el pecado, que es la sensualidad.


III– Esta pasión consiste en el apetito desordenado de los placeres que se gozan por los sentidos. Esta funesta pasión nace del exceso en el comer y beber, del excesivo amor al descanso, a los regalos y comodidades de la vida, a los espectáculos, a las reuniones profanas; en una palabra, a todos los placeres que dan gusto a los sentidos. ¿Qué hace Jesucristo para curarnos de esta peligrosa enfermedad? Vedlo: nace en los sufrimientos, las lágrimas y la mortificación; nace durante la noche, en la estación más rigurosa del año. Apenas nacido, se le tiende sobre unos majos de paja, en un establo. ¡Oh, Dios mío! ¡Qué estado para un Dios! Cuando el Eterno Padre creó a Adán, le puso en un jardín de delicias; nace ahora su Hijo, y le pone sobre un puñado de paja. ¡Oh, Dios mío!, ¡Qué estado, hermano mío! Aquél que hermosea el cielo y la tierra, Aquél que constituye toda la felicidad de los ángeles y de los santos, quiere nacer y vivir y morir entre sufrimientos. ¿Puede acaso mostrarnos de una manera más elocuente el desprecio que debemos tener a nuestro cuerpo, y cómo debemos tratarlo duramente por temor de perder el alma? ¡Oh, Dios mío!, ¡qué contradicción! Un Dios sufre por nosotros, un Dios derrama lágrimas por nuestros pecados, y nosotros nada quisiéramos sufrir, quisiéramos toda suerte de comodidades…

Pero también, hermanos míos; ¡qué terribles amenazas no nos hacen las lágrimas y los sufrimientos de este divino Niño! «¡Ay de vosotros, —nos dice Él—, que pasáis vuestra vida riendo, porque día vendrá en que derramaréis lágrimas sin fin!». «El reino de los cielos, —nos dice—, sufre violencia, y sólo lo arrebatarán los que se la hacen continuamente». Sí, hermanos míos si nos acercamos confiadamente a la cuna de Jesucristo, si mezclamos nuestras lágrimas con las de nuestro tierno Salvador, en la hora de la muerte escucharemos aquellas dulces palabras: «¡Dichosos los que lloraron, porque serán consolados!»

Tal es, pues, hermanos míos; la tercera llaga que Jesucristo vino a curar haciéndose hombre: la sensualidad, es decir, ese maldito pecado de la impureza. ¡Con qué ardor hemos de querer, amar y buscar todo lo que puede conservar o procurarnos en nosotros una virtud que nos hace tan agradables a Dios! Sí, hermanos míos; antes del nacimiento de Jesucristo, había demasiada distancia entre Dios y nosotros para que pudiésemos atrevernos a rogarle. Pero el Hijo de Dios, haciéndose hombre, quiere aproximarnos sobremanera a Él y forzarnos a amarle hasta la ternura. ¿Cómo, hermanos míos; viendo a un Dios en estado de tierno infante, podríamos negarnos a amarle con todo nuestro corazón? Él quiere ser, por sí mismo, nuestro Mediador, se encarga de pedirlo todo al Padre por nosotros; nos llama hermanos e hijos suyos; ¿podía tornar otros nombres que nos inspirasen mayor confianza? Vayamos pues, plenamente confiados a Él siempre que hayamos pecado; Él pedirá nuestro perdón, y nos obtendrá la dicha de perseverar.

Más, para merecer esta grande y preciosa gracia, es preciso, hermanos míos; que sigamos las huellas de nuestro modelo; que a ejemplo suyo amemos la pobreza, el desprecio del mundo y la pureza; que nuestra vida responda a nuestra alta cualidad de hijos y hermanos de un Dios hecho hombre. No, no podemos considerar la conducta de los judíos sin quedarnos sobrecogidos de asombro. Este pueblo estaba esperando al Salvador hacía ya cientos de años, había estado rogando siempre; movido por el deseo que tenía de recibirle; y al presentarse, nadie se encuentra que le ofrezca un pequeño albergue; siendo Dios omnipotente se ve precisado a que le presten su morada unos pobres animales. No obstante, hermanos míos, en la conducta de los judíos, criminal como es, yo hallo, no un motivo de excusa para aquel pueblo, sino un motivo de condenación para la mayor parte de los cristianos. Sabemos que los judíos se habían formado de su libertador una idea que no se avenía con el estado de humillación en que Él se presentaba; parecían no poder persuadirle de que Él fuese el que había de ser su libertador; pues, como nos dice muy bien San Pablo: «Si los judíos le hubiesen reconocido Dios, jamás le hubieran dado muerte». Pequeña excusa es ésta para los judíos. Mas nosotros, hermanos míos; ¿qué excusa podemos tener para nuestra frialdad y nuestro desprecio de Jesucristo? Sí, sin duda, hermanos míos; nosotros creemos verdaderamente que Jesucristo apareció en la tierra, y que dio pruebas las más convincentes de su divinidad: aquí está el objeto de nuestra solemnidad. Este mismo Dios quiere, por la efusión de su gracia, nacer espiritualmente en nuestros corazones: aquí están los motivos de nuestra confianza. Nosotros nos gloriamos, y con razón, de reconocer a Jesucristo por nuestro Dios, nuestro Salvador y nuestro modelo: aquí está el fundamento de nuestra fe. Pero, con todo esto, decidme, ¿qué homenaje le rendimos? ¿Acaso hacemos por Él algo más que si todo esto no creyéramos? Decidme, ¿responde a nuestra creencia nuestra conducta? Mirémoslo un poco más de cerca, y veremos que somos todavía más culpables que los judíos en su ceguera y endurecimiento.


IV- Por lo pronto, hermanos míos; no hablamos de aquellos, que, habiendo perdido la fe, no la profesan ya exteriormente; hablamos de aquellos que creen todo lo que la Iglesia nos enseña, y, sin embargo, nada o casi nada hacen de lo que la religión nos manda. Hagamos acerca de esto, hermanos míos; algunas reflexiones apropiadas a los tiempos en que vivimos. Censuramos a los judíos por haber rehusado un asilo a Jesucristo, a quien no conocían. Pero, ¿hemos reflexionado bien, hermanos míos; que nosotros le hacemos igual afrenta cada vez que descuidamos recibirlo en nuestros corazones por la santa comunión? Censuramos a los judíos por haberle crucificado, a pesar de no haberles hecho más que bien; y decidme, ¿a nosotros qué mal nos ha hecho o por mejor decir, qué bien ha dejado de hacernos? Y en recompensa, hermanos míos; ¿no le hacemos nosotros el mismo ultraje cada vez que tenemos la audacia de entregarnos al pecado? Y nuestros pecados ¿no son mucho más dolorosos para su corazón que lo que los judíos le hicieron sufrir? No podemos leer sin horror todas las persecuciones que sufrió de parte de los judíos, que con ello creían hacer una obra grata a Dios. Pero, ¿no hacemos nosotros una guerra mil veces más cruel a la santidad del Evangelio con nuestras costumbres desarregladas? ¡Ay, hermanos míos! Que todo nuestro cristianismo se reduce a una fe muerta; y parece que no creemos en Jesucristo sino para ultrajarle más y deshonrarle con una vida tan miserable a los ojos de Dios. Juzgad, según esto, hermanos míos; qué deben pensar de nosotros los judíos, y con ellos todos los enemigos de nuestra santa religión. Cuando ellos examinan las costumbres de la mayor parte de los cristianos, encuentran una gran multitud de éstos que viven poco más o menos como si nunca hubiesen sido cristianos. Más no quiero entrar en detalles acerca de esto, porque no acabaría nunca.

Me limitaré a dos puntos esenciales, que son: el culto exterior de nuestra santa religión y los deberes de la caridad cristiana. No, hermanos míos; nada debiera sernos más humillante y más amargo que los reproches que los enemigos de nuestra fe nos echan en cara a este propósito; porque todo ello no tiende sino a demostrarnos cómo nuestra conducta está en contradicción con nuestras creencias. Vosotros os gloriáis, —nos dicen— de poseer en cuerpo y alma la persona de ese mismo Jesucristo, que en otro tiempo vivió en la tierra, y a quien adoráis como a vuestro Dios y Salvador; Vosotros Creéis que Él baja a sus altares, que mora en sus sagrarios, que su carne, es verdadero manjar y su sangre verdadera bebida para vuestras almas; mas, si ésta es vuestra fe, entonces sois vosotros los impíos, ya que os presentáis en las iglesias con menos respeto, compostura y decencia de los que usarías para visitar en su casa a una persona honesta. Los paganos ciertamente no habrían permitido que se cometiesen en sus templos y en presencia de sus ídolos, mientras se ofrecían los sacrificios, las inmodestias que cometéis vosotros en presencia de Jesucristo, en el momento mismo en que decís que desciende sobre vuestros altares. Si verdaderamente creéis lo que afirmáis creer, debierais estar sobrecogidos de un temblor santo.

¡Ay, hermanos míos! Estas censuras son muy merecidas. ¿Qué puede pensarse, en efecto, viendo la manera como la mayor parte de los cristianos se portan en nuestras iglesias? Los unos están pensando en sus negocios temporales, los otros en sus placeres; éste duerme, a ese otro se le hace el tiempo interminable; el uno vuelve la cabeza, el otro bosteza, el otro se está rascando, o revolviendo las hojas de su devocionario, o mirando con impaciencia si falta todavía mucho para que concluyan los santos oficios. La presencia de Jesucristo es un martirio, mientras que se pasarán cinco o seis horas en el teatro, en la taberna, en la caza, sin que este tiempo se les haga largo; y podéis observar, que durante los ratos que se conceden al mundo y a sus placeres, no hay quien se acuerde de dormir; ni de bostezar, ni de fastidiarse. Pero, ¿es posible que la presencia de Jesucristo sea tan ingrata a los cristianos, que debieran hacer consistir toda su dicha en venir a pasar unos momentos en compañía de tan buen padre? Decidme, ¿qué debe pensar de nosotros el mismo Jesucristo, que ha querido hallarse presente en nuestros sagrarios sólo por nuestro amor, al ver que su santa presencia, que debiera constituir toda nuestra felicidad o más bien nuestro paraíso en este mundo, parece ser un suplicio y un martirio para nosotros? ¿No hay razón para creer que esta clase de cristianos no irá jamás al cielo, donde debería estar toda la eternidad en presencia de este mismo Salvador? ¡Habría realmente motivo para que se les hiciese largo el tiempo!… ¡Ah hermanos míos! Vosotros no conocéis vuestra ventura cuando tenéis la dicha de presentaros delante de vuestro Padre, que os ama más que a sí mismo, y os llama al pie de sus altares, como en otro tiempo llamó a los pastores, para colmaros de toda suerte de beneficios. Si estuviésemos bien penetrados de esto, ¡con qué amor y con qué diligencia vendríamos aquí como los Reyes Magos, para hacerle ofrenda de todo lo que poseemos, es decir, de nuestros corazones y de nuestras almas! ¿No vendrían los padres y madres con mayor solicitud a ofrecerle toda su familia, para que la bendijese y le diese las gracias de la santificación? ¡Y con qué gusto no acudirían los ricos a ofrecerle una parte de sus bienes en la persona de los pobres! ¡Dios mío!, ¡cuántos bienes nos hace perder para la eternidad nuestra poca fe!

Pero escuchad todavía a los enemigos de nuestra santa religión: nada digamos, —continúan ellos—, de vuestros Sacramentos, con respecto a los cuales vuestra conducta dista tanto de vuestra creencia como el cielo dista de la tierra. Según los principios de vuestra fe. Tenéis el bautismo, por el cual quedáis convertidos en otros tantos dioses, elevados a un grado de honor que no puede comprenderse, porque supone que sólo Dios os sobrepuja. Mas, ¿qué se puede pensar de vosotros, viendo cómo la mayor parte os entregáis a crímenes que os colocan por debajo de las bestias desprovistas de razón? Tenéis el sacramento de la Confirmación, por el cual quedáis convertidos en otros tantos soldados de Jesucristo, que valerosamente sientan plaza bajo el estandarte de la cruz, que jamás deben ruborizarse de las humillaciones y oprobios de su Maestro, que en toda ocasión deben dar testimonio de la verdad del Evangelio. Y, no obstante, ¿quién lo dijera? se hallan entre vosotros yo no sé cuántos cristianos que por respeto humano no son capaces de hacer públicamente sus actos de piedad; que quizás no se atreverían a tener un crucifijo en su cuarto o una pila de agua bendita a la cabecera de su cama; que se avergonzarían de hacer la señal de la cruz antes y después de la comida, o se esconden para hacerla. ¿Veis, por consiguiente, cuán lejos estáis de vivir conforme vuestra religión os exige? Tocante a la confesión y comunión, nos decís vosotros, es verdad, que son cosas muy hermosas y muy consoladoras; pero, ¿de qué manera os aprovecháis de ellas? ¿Cómo las recibís? Para unos no son más que una costumbre, una rutina y un juego; para otros, un suplicio: no van más, que, por decirlo así, arrastrados. Mirad cómo es preciso que vuestros ministros os insten y estimulen para que os lleguéis al tribunal de la penitencia, donde se os da, según decís, el perdón de vuestros pecados, o a la sagrada mesa, donde creéis que se come el pan de los ángeles, que es vuestro Salvador. Si creyeseis lo que decís, ¿no sería más bien necesario enfrenaros, considerando cuán grande es vuestra dicha de recibir a vuestro Dios, que debe constituir vuestro consuelo en este mundo y vuestra gloria en el otro? Todo esto, que, según vuestra fe, constituye una fuente de gracia y de santificación, para la mayor parte de vosotros no es en realidad más que una ocasión de irreverencias, de desprecios, de profanaciones y de sacrilegios. O sois unos impíos, o vuestra religión es falsa; pues, si estuvieseis bien convencidos de que vuestra religión es santa, no os conduciríais de esta manera en todo lo que ella os manda. Vosotros tenéis, además del domingo otras fiestas establecidas, decís, unas para honrar lo que vosotros llamáis los misterios de vuestra religión; otras, para celebrar la memoria de vuestros apóstoles, las virtudes de vuestros mártires, que tanto se sacrificaron por establecer vuestra religión. Pero estas fiestas, estos domingos, ¿cómo los celebráis? ¿No son principalmente estos días los que escogéis para entregaros a toda suerte de desórdenes, excesos y libertinaje: ¿No cometéis más maldades en estos días, tan santos, según decís, que en todo otro tiempo? Respecto a los divinos oficios, que para vosotros son una reunión con los santos del cielo, donde comenzáis a gustar de su misma felicidad, ved el caso que hacéis de ellos; una gran parte, no asiste casi nunca; los demás, van a ellos como los criminales al tormento; ¿qué podría pensarse de vuestros misterios, a juzgar por la manera como celebráis sus fiestas? Pero dejemos a un lado este culto exterior, que, por una extravagancia singular, y por una inconsistencia llena de irreligión, confiesa y desmiente al mismo tiempo vuestra fe. ¿Dónde se halla entre vosotros esa caridad fraterna, que, según los principios de vuestra creencia, se funda en motivos tan sublimes y divinos? Examinemos algo más de cerca este punto, y veremos si son o no bien fundados esos reproches. ¡Qué religión tan hermosa la vuestra, —nos dicen los judíos y aun los mismos paganos—, si practicaseis lo que ella os ordena! No solamente sois todos hermanos, sino que juntos, —y esto es lo más hermoso—, no hacéis más que un mismo cuerpo con Jesucristo, cuya carne y sangre os sirven de alimento todos los días; sois todos miembros unos de otros. Hay que convenir en que este artículo de vuestra fe es admirable, y tiene algo de divino. Si obraseis según vuestra fe, seríais capaces de atraer a vuestra religión todas las demás naciones; así es ella de hermosa y consoladora, y así son de grandes los bienes que promete para la otra vida. Pero lo que hace creer a todas las naciones que vuestra religión no es como decís vosotros, es que vuestra conducta está en abierta oposición con lo que ella os manda. Si se preguntase a vuestros pastores y pudiesen ellos revelar lo que hay de más secreto, nos mostrarían vuestras querellas, vuestras enemistades, vuestras venganzas, vuestras envidias, vuestras maledicencias, vuestras chismorrerías, vuestros pleitos y tantos otros vicios, qué causan horror a todos los pueblos, aun a aquellos cuya religión tanto dista, según vosotros, de la santidad de la vuestra. La corrupción de costumbres que reina entre vosotros impide a los que no son de vuestra religión abrazarla, porque si estuvieseis bien persuadidos de que ella es buena y divina, os portaríais muy de otra manera.


¡Ay, hermanos míos! ¡Qué bochorno para nosotros oír de los enemigos de nuestra religión semejante lenguaje! Pero, ¿no tienen razón sobrada para usarlo? Examinando nosotros mismos nuestra conducta, vemos positivamente que nada hacemos de lo que aquélla nos manda. Parece, al contrario, que no pertenecemos a una religión tan santa sino para deshonrarla y desviar a los que la quisieran abrazar: una religión que nos prohíbe el pecado, que nosotros cometemos con tanto gusto y al cual nos precipitamos con tal furor que parece no vivimos sino para multiplicarlo; una religión que cada día presenta ante nuestros ojos a Jesucristo como un buen padre que quiere colmarnos de beneficios, y nosotros huimos su santa presencia, o si nos presentamos ante Él, en el templo, no es más que para despreciarle y hacernos aún más culpables; una religión que nos ofrece el perdón de nuestros pecados por el ministerio de sus sacerdotes, y lejos de aprovecharnos de estos recursos, o los profanamos o los rehuimos; una religión que nos descubre tantos bienes en la otra vida, y nos muestra medios tan seguros y fáciles de conseguirlos, y nosotros no parece que conozcamos todo esto sino para convertirlo en objeto de un cierto desprecio y chanza de mal gusto; una religión que nos pinta de la manera más horrible los tormentos de la otra vida, con el fin de movernos a evitarlos, y nosotros obrando como si para merecerlos no hubiésemos todavía pecado bastante. ¡Oh, Dios mío! ¡En qué abismo de ceguera hemos caído! Una religión que no cesa nunca de advertirnos que debemos trabajar sin descanso en corregir nuestros defectos, y nosotros, lejos de hacerlo así, yendo en busca de todo lo que puede enardecer nuestras pasiones; una religión que nos advierte que no hemos de obrar sino por Dios, y siempre con la intención de agradarle, y nosotros, no teniendo en nuestras obras más que miras humanas, queriendo siempre que el mundo sea testigo del bien que hacemos, que nos aplauda y felicite por ello. ¡Oh Dios mío! ¡Qué ceguera y qué pobreza la nuestra! ¡Y pensar que podríamos allegar tantos tesoros para el cielo, con sólo portarnos según las reglas que nos da nuestra religión santa!

Pero escuchad todavía cómo los enemigos de nuestra santa y divina religión nos abruman con sus reproches: decís vosotros que vuestro Jesús, a quien consideráis como vuestro Salvador, os asegura que mirará como hecho a sí propio todo cuanto hiciereis por vuestro hermano; ésta es una de vuestras creencias, por cierto, muy hermosa. Pero, si esto es así como vosotros nos decís, ¿es que no lo creéis sino para insultar al mismo Jesucristo? ¿Es que no lo creéis sino para maltratarle y ultrajarle de la manera más cruel en la persona de vuestro prójimo? Según vuestros principios, las menores faltas contra la caridad han de ser consideradas como otros tantos ultrajes hechos a Jesucristo. Pero entonces, decid, cristianos, ¿qué nombre daremos a esas maledicencias, a esas calumnias, a esas venganzas, a esos odios con que os devoráis los unos a los otros? He aquí que vosotros sois mil veces más culpables para con la persona de Jesucristo, que los mismos judíos a quienes echáis en cara su muerte. No, hermanos míos; las acciones de los pueblos más bárbaros contra la humanidad nada son comparadas con lo que todos los días hacemos nosotros contra los principios de la caridad cristiana. Aquí tenéis hermanos míos; una parte de los reproches que nos echan en rostro los enemigos de nuestra santa religión.

No me siento con fuerzas para proseguir, hermanos míos; tan triste es esto y deshonroso para nuestra santa religión, tan hermosa, tan consoladora, tan capaz de hacernos felices, aun en este mundo, mientras nos prepara una dicha infinita para la eternidad. Y si esos reproches son ya tan humillantes para un cristiano cuando no salen más que de boca de los hombres, dejo a vuestra consideración qué será cuando tengamos la desventura de oírlos de boca del mismo Jesucristo, al comparecer delante de Él, para darle cuenta de las obras que nuestra fe debiera haber producido en nosotros. Miserable cristiano, —nos dirá Jesucristo—, ¿dónde están los frutos de la fe con que yo había enriquecido tu alma? ¿De aquella fe en la cual viviste y cuyo Símbolo rezabas todos los días? Me habías tomado por tu Salvador y tu modelo. He aquí mis lágrimas y mis penitencias, ¿dónde están las tuyas? ¿Qué fruto sacaste de mi sangre adorable, que hacía manar sobre ti por mis Sacramentos? ¿De qué te ha servido esta cruz, ante la cual tantas veces te prosternaste? ¿Qué semejanza hay entré tú y Yo? ¿Qué hay de común entre tus penitencias y las mías?, ¿entre tu vida y mi Vida? ¡Ah, miserable!, dame cuenta de todo el bien que esta fe hubiera producido en ti, si hubieses tenido la dicha de hacerla fructificar. Ven, depositario infiel e indolente, dame cuenta de esta fe preciosa e inestimable, que podía y debía haberte producido riquezas eternas, si no la hubieras indignamente ligado con una vida toda carnal y pagana. ¡Mira, desgraciado, qué semejanza hay entre tú y Yo! Considera mi Evangelio, considera tu fe. Considera mi humildad y mi anonadamiento, y considera tu orgullo, tu ambición y tu vanidad. Mira tú avaricia, y mi desasimiento de las cosas de este mundo. Compara tu dureza con los pobres y el desprecio que de ellos tuviste, con mi caridad y mi amor; tus destemplanzas, con mis ayunos y mortificaciones; tu frialdad y todas tus irreverencias en el templo, tus profanaciones, tus sacrilegios y los escándalos que diste a mis hijos, todas las almas que perdiste, con los dolores y tormentos que por salvarlas yo pasé. Si tú fuiste la causa de que mis enemigos blasfemasen de mi santo Nombre, yo sabré castigarlos a ellos como merecen; pero a ti quiero hacerte probar todo el rigor de mi justicia. Sí, —nos dice Jesucristo—, los moradores de Sodoma y de Gomorra serán tratados con menos severidad que este pueblo desdichado, a quien tantas gracias concedí, y para quien mis luces, mis favores y todos mis beneficios fueron inútiles, pagándome con la más negra ingratitud.

Sí, hermanos míos; los malvados maldecirán eternamente el día en que recibieron el santo bautismo, los pastores que los instruyeron, los Sacramentos que les fueron administrados. ¡Ay!; ¿qué digo?; este confesionario, este comulgatorio, estas sagradas fuentes, este púlpito, este altar, esta cruz, este Evangelio, o para que lo entendáis mejor, todo lo que ha sido objeto de su fe, será objeto de sus imprecaciones, de sus maldiciones, de sus blasfemias y de su desesperación eterna. ¡Oh Dios mío! ¡Qué vergüenza y qué desgracia para un cristiano, no haber sido cristiano sino para mejor condenarse y para mejor hacer sufrir a un Dios que no quería sino su eterna felicidad, a un Dios que nada perdonó para ello, que dejo el seno de su Padre, y vino a la tierra a vestirse de nuestra carne, y pasó toda su vida en el sufrimiento y los dolores, y murió en la cruz para salvarle! Dios no ha cesado, se dirá el mísero, de perseguirme con tantos buenos pensamientos, con tantas instrucciones de parte de mis pastores, con tantos remordimientos de mi conciencia. Después de mi pecado, se me ha dado a sí mismo para servirme de modelo; ¿qué más podía hacer para procurarme el cielo? Nada, no, nada más; si hubiese yo querido, todo esto me hubiera servido para ganar el cielo, que no es ya para mí. Volvamos, hermanos míos; de nuestros extravíos, y tratemos de obrar mejor que hasta el presente.

San Juan María vianney, el cura de Ars